Slayer en Viña del Mar: Gracias por tanto, tío Tom


Slayer + Anthrax

Fecha: 08 de Octubre
Lugar: Sporting Club de Viña del Mar
Productora: Lotus
Fotógrafo: Victor Galvez   @fotogalvez
Periodista: Samuel Fuentes   @

Un día caluroso fue el que recibió a miles de personas en el Sporting Club de Viña del Mar, lugar elegido para la última parada de Slayer en Chile y Sudamérica, despedida que llega a 25 años de su primera presentación en nuestro país, cuarto de siglo que formó una relación pocas veces vista entre audiencia y músicos.

Pero antes de llegar a Slayer, hay que pasar por Anthrax. Al igual que su show en Santiago, el comienzo fue prácticamente una patada en la cabeza. Los riffs iniciales de «Cowboys from Hell» de Pantera hicieron que el público entrara en calor rápidamente para disfrutar del primer clásico de la jornada: «Caught in a Mosh».

Tal como lo dice el título de la canción, muchos quedaron atrapados dentro o cerca de aquellos círculos de gente corriendo y empujándose, lo que sería la tónica de la tarde viñamarina. “Got the Time”, original de Joe Jackson, fue otra de las canciones iniciales con las que prepararon a los presentes para lo que se vendría.

Con «Madhouse» se sumaron gritos a los empujones, pasando rápidamente a «Be All, End All» para no perder ni un minuto ni tampoco la emoción del público. Belladonna, como siempre, se acercaba a bromear con el público. Frank Bello y Jonathan Donais cumplían con sus labores con gran precisión, pero siempre en un segundo plano. Además de la voz de Anthrax, el otro que se roba las miradas es Scott Ian, quien no demuestra su edad por ningún lado.

«I Am the Law» y «Now It’s Dark» siguieron en un setlist cargado a los éxitos de la banda, lo que se mantuvo con «Efilnikufesin (N.F.L.)» y «A.I.R.», con esta última siendo presentada por Ian para avivar nuevamente a un público que sudaba y levantaba polvo con cada mosh, cada riff y cada grito que salía de los parlantes. Y ese polvo, que llenó narices y ojos, no bajaría hasta el final del día.

«Antisocial», original de Trust, hizo que cualquier tipo de cansancio desapareciera. El final del primer plato se acercaba y no se podían bajar los brazos, lo que se puso a prueba con uno que ya es un himno: «Indians». Este track, perteneciente al exitoso disco Among the Living, se dividió en dos partes para generar todavía más caos dentro de los presentes. Y vaya que lo lograron.

Tal como empezó, terminó. Nuevamente aparecieron los riffs de «Cowboys from Hell» para luego escuchar la despedida. Dejando de lado la falta de «In the End», interpretada el domingo en el Estadio Bicentenario de La Florida, el resto del setlist fue muy similar, pero funcionó. Bandas como Anthrax no necesitan grandes sorpresas, sino que potencia y conexión con el público, algo que logran en cada una de las oportunidades que visitan Chile. Un plato de entrada que dejó con ganas de mucho más, con hambre para lo que vendría.

Todos estaban impacientes. A pesar de saber que Slayer saldría a las 20:30, los silbidos comenzaron 10 minutos antes. Después de cerca de una hora, momentos que se agradecieron completamente para poder respirar sin polvo cerca, se apagaron las luces y aparecieron los gritos. Tom Araya salió al escenario y comenzó el final.

¿Qué hacer si suena «Repentless», «Evil Has No Boundaries» y «World Painted Blood» en menos de 10 minutos? Saltar, gritar, sacar toda la energía que esas canciones generan de alguna forma.

Y así fue, clásico tras clásico. De «Postmortem» pasamos a «Hate Worldwide», con un mosh apareciendo tras otro. Algunos más se llegaban a fusionar, para crear algo más grande, a ratos incluso más que los que se formaron el pasado domingo.

“War Ensemble” siguió en el set, calcado al que tocaron dos días antes, para luego tener un pequeño momento de tranquilidad con “Gemini”, minutos que muchos aprovecharon para tomar un respiro y prepararse para la dupla que se vendría: “Disciple” –con el clásico grito de “God hates us all” siendo coreado por gran parte del público– y “Mandatory Suicide”.

«Chemical Warfare» marcó la mitad de la presentación, sin bajar los brazos ni un momento. Al igual que el domingo, se veía a King y Holt moviendo sus dedos con la mayor rapidez posible para aleonar al público, una y otra vez.

«Payback», «Temptation» y «Born of Fire» fueron la antesala de un final arrollador. Desde «Season in the Abyss», nada se detuvo. El público se movía de un lado a otro, empujones y saltos por todos lados. El olor a bengalas apagadas junto al polvo hacía difícil respirar, pero todos se esforzaban al máximo. Todos, desde la primera persona pegada en la reja hasta Paul Bostaph. El show no se hacía solo en el escenario, sino que también con lo que pasó debajo de ellos.

«Hell Awaits» marcó el tramo final de la presentación, la que empezó a mostrar señas de tristeza. Los gritos de «Slayer no se va» se mezclaban con otros de lamentos por la rapidez con la que avanzó la hora. «South of Heaven» y «Raining Blood», himnos de la agrupación, pasaron volando, así como también varios gorros, polerones, botellas y cuanta cosa había a mano.

Con «Black Magic» y «Dead Skin Mask» la energía empezó a bajar, a volverse todo más contemplativo. La hora apremiaba y el sentimiento de pena se hacía notar, tanto sobre como bajo el escenario montado en el recinto de Viña del Mar. Araya, el único que habló con el público durante la noche, se plantó en su característico puesto en el centro para escuchar de cerca los golpes que anuncian el inicio de «Angel of Death».

Con este clásico del disco Reign in Blood se cerró la presentación. Como nunca, Kerry King regaló sonrisas, aplausos y uñetas al público. Holt y Bostaph hicieron lo propio, recorriendo todo el escenario mientras Araya se mantenía de pie al costado izquierdo y posteriormente el derecho, solo contemplando los aplausos, gritos y gestos que le regalaban.

Fueron largos minutos que nadie quería que acabaran. Sus lentos pasos por el escenario fueron seguidos de un pequeño discurso final, mitad en español y mitad en inglés. Agradeció a todos y le llegó de vuelta un “gracias por tanto”. Más de 30 años de carrera, una vida entera para mucho de los asistentes, es el legado de los gigantes del thrash. La calidad fue altísima, como si estuviesen recién en sus treintas, pero los años pasan y los planes son otros. Planes que, por ahora, son un misterio. Lo único cierto es que Slayer se despidió de Chile de la mejor forma que sabe: dejando todo en el escenario y provocando caos en el público. El último “viva Chile, mierda” de Araya será algo que nunca se olvidará.


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