El viernes tuvimos una noche bastante prometedora, apuntada hacia aquellos que querían bailar, ya sea como plato principal o como previa a algo más. Era una mezcla llamativa, una con dos grupos que se cruzan en su sonido a ratos, pero que manejan en carriles diferentes. Los primeros fueron Los Espíritus, agrupación argentina que se mete dentro del saco del rock fusión, pero que pasa por distintos ritmos que fueron calentando al público que se empezó a sumar por sobre la hora al Teatro Coliseo.
El quinteto se asomó al escenario uniformados con guayaberas, sin grandes parafernalias. La puesta en escena es simple, acompañándose solo por uno que otro apoyo en la pantalla de fondo y un juego de luces que iba de la mano con la música presentada.
Las ganas de bailar despertaron rápidamente, llamando la atención la poca presencia de celulares levantados durante el show. La misión era disfrutar en el momento y se logró, con un show que privilegió la rapidez entre transiciones de sus canciones más que el diálogo con el público. La conexión se logró con la música, no con las palabras que llenan el espacio entre uno y otro track.
¿Y qué se podía escuchar? A ratos escuchábamos rock, a otros algo de rock&roll, luego guitarreos que salían del mismo lugar que aquellos popularizados por Santana décadas atrás. El paseo de ritmos fue constante, entrando a ratos a un mundo de ritmos repetitivos que creaban esa atmósfera de baile mezclada con gritos liberadora, propia del cierre de una semana difícil para muchos.
El atraso de cerca de media hora en el comienzo del show pasó a segundo plano, con un espectáculo que llegó casi a los 90 minutos de duración con un repaso por grandes clásicos de la agrupación incluyendo una versión extendida de «Vamos a la luna» que terminó de confirmar la relación de Los Espíritus con el público chileno. Una catarsis colectiva que dejó el terreno fertil para el show que llegaría algunos minutos después.
Poco más de 15 minutos después, fue el turno de la legendaria banda peruana de cumbia amazónica psicodélica: Los Mirlos. Acompañados por el mismo video de introducción que presentaron en su show del festival Coachella, se presentaron con formación completa ante varios cientos de personas que esperaron hasta altas horas de la noche para disfrutar de esta música con más de cinco décadas de existencia.
El escenario se dividía prácticamente en tres: un sector designado para las cuerdas, otro para los cantantes -que muchas veces cumplían la labor de hypeman sobre el escenario- y detrás las percusiones, fundamentales para mantener los pies moviéndose.
Encabezados por el icónico Jorge Rodríguez, quien usualmente tomaba la palabra para presentar cada canción, tuvieron palabras reconociendo la presencia de un público mucho más joven que su trayectoria, señalando que ahora era el turno de hacerlos bailar así como anteriormente le tocó a sus padres o abuelos. Esta búsqueda de mantener vivo este característico sonido, prácticamente sin muchos exponentes actuales, ha sido una de las misiones de los peruanos durante la última década, donde -apoyados por las nuevas tecnologías- se han hecho conocidos en gran parte del mundo con este género que pobló los Andes durante largos años antes de captar la atención del continente completo.
Así no solamente dieron a conocer parte de su propio repertorio original, incluyendo el clásico «Danza de Los Mirlos», sino que también covers como el de «Si te vas» en su propia versión. En esa misma senda de recibir el cariño del público nacional, dieron señales de que tendrían otra visita durante septiembre, rememorando aquel paso por la Yein Fonda que los mostró ante decenas de miles de personas en el Parque Estadio Nacional.
Dentro de esta exposición, tuvieron tiempo para invitar a los nacionales de Santa Feria para un par de canciones, entre las que se encontró un cover de la clásica «Cariñito», en donde la agrupación se transformó desde sus ocho integrantes a una quincena, repletando la tarima del recinto de calle Nataniel. Para esta hora, ya pasada la medianoche, una porción del público ya había emigrado desde el teatro, lo que no empañó en nada el ánimo de fiesta existente entre quienes se entregaron a estos ritmos del Amazonas.
Los Mirlos ya no tienen nada que demostrar, con una experiencia y trayectoria que ya la quisiera cualquier otro grupo sudamericano. Lo suyo es mantener viva la llama, mostrar que los cambios en la formación -algo que es común en bandas numerosas, en especial de estos géneros- no merman de ninguna forma la calidad del sonido ni tampoco el mensaje a entregar.
La música de esta banda es única, prácticamente patrimonio de esa zona del Perú, sirviendo de nexo entre corrientes nacidas en esta parte del mundo desde las raíces de la música africana con aquel uso de la guitarra que el desarrollo norteamericano permitió. Esta mezcla, macerada completamente en las tierras de los Andes, tiene un algo que te hace mover los pies casi por instinto, incluso cuando el cansancio de una semana completa empieza a asomar. Un buen apronte para el fin de semana, un regalo que nos hace valorar todavía más aquellas artes surgidas de nuestros pueblos.


















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