toe en Chile: Un ritmo diferente de vida


Ocho años habían pasado desde la última vez que toe estuvo en Santiago. La espera terminó en el Teatro La Cúpula del Parque O’Higgins, donde cinco músicos ocuparon una pequeña parte del escenario para hacer algo que parece cada vez más difícil: bajar el ritmo. Sin grandes adornos, sin pantallas ni efectos adicionales, solo las luces y los instrumentos fueron suficientes para que la banda japonesa construyera una noche donde cada sonido parecía tener su propio espacio.

“LONELINESS WILL SHINE”, la canción que además da nombre a la gira, fue la encargada de abrir el concierto. Desde ahí quedó planteada la idea que atraviesa esta nueva etapa de toe: encontrar algo luminoso dentro de la soledad, entenderla no necesariamente como un lugar oscuro, sino como una posibilidad de alcanzar otro estado mental. La canción avanza justamente así, entre tensión y calma, como si estuviera buscando una salida mientras todavía permanece dentro del mismo lugar.

Después llegó “Long Tomorrow”, un primer gesto hacia quienes llevaban años esperando este regreso. Fue también una forma de recordar qué hace tan particular a los nipones: canciones que pueden comenzar con una estructura reconocible y, sin avisar demasiado, ir transformándose hasta convertirse en otra cosa. El público respondió con la misma potencia, mezclando gritos y saltos con una música que, en muchos momentos, parecía pedir precisamente lo contrario.

El concierto no fue una sucesión de canciones lanzadas una detrás de otra. Antes de cada una aparecían segundos de preparación, pequeñas pruebas, calentamientos o improvisaciones que hacían que todo avanzara con más calma. A ratos parecía que estábamos entrando a la canción junto a ellos, esperando que encontraran el momento exacto para comenzar. Era algo espontáneo y bonito, aunque también imponía un ritmo más lento y contemplativo a una presentación que prefería quedarse unos segundos más en cada sensación.

Hirokazu Yamazaki fue uno de los grandes protagonistas de la noche. Más adelante y al centro que en aquella visita anterior, se mostró además mucho más cómodo con el micrófono, sumando su voz con una seguridad que le daba otra dimensión a canciones construidas principalmente desde los instrumentos. A su lado, Takaaki Mino seguía siendo más reservado cuando no estaba tocando, pero una vez que comenzaba cada tema parecía entrar en otro estado. Sus patrones repetidos podían sostener una canción durante largos pasajes y, aun así, nunca se sentían vacíos: había emoción en cada movimiento de sus manos y su cabeza, a veces absorto de lo que pasaba debajo del escenario.

La relación entre ambos guitarristas fue quizás una de las cosas más atractivas de mirar. A veces tocaban dándose la espalda y en otras se buscaban de frente, como si la música también necesitara de ese movimiento para entenderse. No siempre se complementaban desde la armonía más evidente: muchas veces lo hacían desde la contraposición, mientras que en otras construían capas sobre una misma idea hasta hacer difícil separar dónde terminaba una guitarra y comenzaba la otra.

El bajo permaneció detrás, sosteniendo todo sin reclamar protagonismo, mientras la batería era el punto de control de una banda que podía parecer completamente libre hasta que comenzaba una canción. Era el baterista quien terminaba poniendo los tiempos, atento a cada detalle y acompañando los pequeños cambios que hacían que una misma figura pudiera sentirse distinta unos segundos después. El tecladista Nakamura Keisaku, en tanto, tuvo el único inconveniente técnico de la noche cuando su instrumento dejó de estar disponible durante algunos minutos. La situación no consiguió romper el clima que ya estaba construido.

Entre canciones nuevas y otras que ya forman parte de la memoria de sus seguidores, apareció “Because I Hear You”, una de las piezas de Hear You -su álbum anterior- que no había debutado en estas tierras. «Sonny Boy Rhapsody» y «NOW I SEE THE LIGHT» fueron de esas interpretaciones que permiten entender por qué el nuevo disco se siente distinto: hay menos urgencia, más espacio y una manera diferente de dejar que las canciones respiren. La banda no parece tener apuro por llegar a algún lugar, y precisamente ahí está parte de su atractivo.

Incluso los silencios tenían algo de emoción. En algunos momentos Yamazaki y Mino lanzaban pequeños gritos fuera del micrófono, casi como una descarga que no necesitaba convertirse en una letra. Y cuando el público reaccionaba con más energía de la esperada, ellos no intentaban contenerlo. La respuesta era una sonrisa, otro grito o simplemente seguir tocando. Había una comunicación bastante sencilla entre ambos extremos del escenario, aun con el idioma como una frontera casi inexistente.

Ya en el tramo final del show, un muchacho llamado Joaquín leyó un mensaje de la banda en favor de la paz y en contra de todo tipo de guerra. Fue un momento breve, pero importante, porque demostraba que estos 25 años de trayectoria no solo han servido para desarrollar un sonido. También existe una intención de utilizar ese espacio para decir algo más, incluso cuando la música de toe ya tiene su propia manera de hablar.

Y quizás eso explica también por qué esta nueva etapa se siente diferente. Casi diez años de espera por un nuevo álbum y 25 de carrera parecen haber cambiado la relación de la banda con el tiempo. “Esoteric” puede llevarte hacia lugares más tranquilos, mientras otras composiciones aparecen con una fuerza mucho mayor, pero todas parecen seguir una misma lógica: detenerse un poco. En una ciudad que pocas veces lo permite, toe propone otro ritmo.

El cierre llegó con tres canciones que parecían resumir toda la noche: “Two Moons”, “After Image” y “Goodbye”. Las dos primeras llevaron nuevamente esa mezcla de precisión y emoción que había recorrido todo el concierto, mientras “Goodbye” encontró una versión especialmente querida cuando Yamazaki tomó la voz. Con una voz más cruda que la de Asako Toki, artista conocida por su versión de estudio, logró conectar rápido y ser seguido por varios cientos de voces más.

Quizás ahí está la mayor particularidad de toe en 2026. La distancia geográfica, el idioma y los ocho años sin visitar Santiago parecen cada vez menos relevantes frente a una audiencia mayoritariamente joven que entendió perfectamente esos códigos. Muchos de quienes estaban en La Cúpula no conocieron a la banda en sus primeros años, cuando eran más tímidos, menos habladores y todavía más crudos. Hoy reciben a un grupo que parece sentirse mucho más cómodo con lo que hace, pero que mantiene intacta esa capacidad de convertir un escenario casi vacío en un lugar donde todo parece detenerse por un rato.


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