FOTOS | Korn en Chile: Rabia renovada


Casi una década tuvo que pasar para que Korn regresara a Chile. Esta vez no fue un teatro ni un recinto mediano: más de 50 mil personas marcaron el salto más grande de su historia local, muy lejos de aquel paso por el Caupolicán donde todavía eran una banda de culto para un público específico. Hoy el escenario es otro. Korn ya no funciona únicamente como nostalgia noventera, sino como una banda que encontró una segunda vida frente a generaciones distintas.

El arranque con “Blind” y “Twist” dejó clara la intención del show. No estaban ahí para replicar exactamente la rabia de los noventa, sino para reinterpretarla desde otro lugar. Hay potencia, sí, pero una potencia controlada, administrada con inteligencia. La banda entendió que sobrevivir cuatro décadas también implica aprender a dosificar el golpe sin perder peso.

“Twist”, además, volvió a demostrar una de las grandes particularidades de Jonathan Davis: ese scat extraño, lleno de sílabas imposibles y ritmos vocales que siguen sonando incómodos incluso hoy. Lo interesante es que ya no necesita exagerar para imponerse. Su voz perdió parte de la agresividad gutural de los años noventa, pero ganó precisión y manejo escénico. Korn suena como una banda madura que todavía entiende perfectamente cómo sonar peligrosa.

El público ayudó a reforzar esa idea. La mayoría superaba los 30 años, pero había muchísima gente más joven viendo a Korn en vivo por primera vez. Ahí el grupo parece haber encontrado una fórmula inteligente: reinterpretar su pasado sin convertirlo en museo. Mostrar una versión renovada de esas canciones también sirve para enganchar a quienes conocieron la banda mucho después del auge del nu metal.

Una de las novedades más celebradas fue la presencia del chileno Ra Díaz en el bajo. Con trayectoria en Suicidal Tendencies, Díaz tomó un rol complejo: apropiarse de líneas históricas sin intentar imitarlas de forma mecánica. Y funcionó. Su slap prolijo le dio nueva vida a canciones como “Here to Stay”, “Got the Life” y “Clown”, temas que todavía conservan ese groove pesado y raro que ayudó a definir el sonido de la banda a fines de los noventa.

También se agradecen esos pequeños cambios que evitan que el concierto sea una copia exacta del resto de la gira. A diferencia del show en Perú, “Shoots and Ladders” incluyó un fragmento de “One” de Metallica, un guiño que ya había aparecido en otras épocas de la banda. Lo mismo con “Let’s Go All the Way” de Sly Fox, reemplazando a la habitual “Coming Undone”. Son detalles pequeños, pero suficientes para darle identidad propia al paso por Chile.

Más inesperado fue “Reward the Scars”, ligada a Diablo IV y parte de esta nueva etapa compositiva del grupo. La recepción fue bastante positiva y dejó una sensación importante: Korn todavía tiene herramientas para crear canciones que conecten con su esencia original sin caer en los experimentos más erráticos de sus últimas décadas. Hay algo del ADN de Follow the Leader y Life is Peachy que sigue vivo ahí.

El cierre del primer tramo con “Somebody Someone”, “Ball Tongue” y “Y’All Want a Single” fue probablemente el momento más físico de la noche. Costaba quedarse quieto incluso teniendo asiento. Cada espacio vacío terminaba convertido en un lugar para saltar o empujarse un poco. Korn sigue entendiendo algo básico del género: esta música necesita sentirse en el cuerpo, no solamente escucharse.

Davis manejó a la perfección la relación con el público. No abusó del discurso sentimental ni del mensaje tribunero. Apenas algunos comentarios precisos, sorprendido por la convocatoria, pero siempre volviendo rápido a las canciones. La sensación general fue más cercana a una demostración de vigencia que a una celebración nostálgica.

Visualmente, el show también ayudó a reforzar esa idea de banda grande. Luces, lasers y un escenario gigantesco terminaron apoyando ese último porcentaje de intensidad vocal que Davis ya no fuerza como antes. Y funciona. Korn entendió cómo transformar sus limitaciones naturales en parte del espectáculo, sin esconderlas ni exagerarlas.

Tras unos minutos fuera de escena, el regreso fue directo al caos. “4 U” mostró un costado más sludge dentro de ese nu metal que siempre absorbió elementos de distintos lados. Después llegaron las primeras notas de “Falling Away From Me”, probablemente el punto máximo de reacción colectiva de toda la noche, seguida por “A.D.I.D.A.S.”, una canción que sigue funcionando entre ironía sexual y declaración estética. No es casualidad que la banda todavía mantenga una relación tan fuerte con Adidas, incluso con colaboraciones recientes que abrazan esa estética noventera de zapatillas anchas, brillos y polerones gigantes.

La despedida con “Freak on a Leash” estuvo exactamente a la altura de lo que significaba el momento. Fueron cerca de 90 minutos donde Korn logró algo difícil: sonar vigente sin negar su pasado. Padres e hijos, grupos de amigos y personas solas compartiendo esa descarga emocional que alguna vez encontraron en estos discos. Porque al final sigue existiendo algo profundamente reconocible en Korn: esa rabia adolescente contenida que, incluso décadas después, todavía encuentra nuevos cuerpos donde quedarse. Y viendo la respuesta de esta noche, queda claro que la banda todavía tiene espacio para varios años más.

Fotos: Lotus

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