FOTOS | Lamp en Chile: El show es sobre el escenario


El resumen más rápido que se puede hacer del debut de Lamp en Chile es que fue un concierto lindo. Fue cercano, amable, con diferentes profundidades a lo largo de su más de 80 minutos de duración. Partiendo segundos pasadas las 21:00 h., el trío nipón se toma el escenario con una transformación que aumenta su número para cubrir todos los sonidos necesarios de su música, pero siempre manteniéndose en el frente. Un tercio para cada uno.

Ya desde su aparición sobre el escenario desataron una serie de gritos incomprensibles que despertaron más de un gesto de sorpresa. No es difícil imaginar que debido al tipo de música que presentan, su audiencia será similar, pero este sería solo la primera prueba de que -para bien o mal- el público chileno es efusivo en su manera de demostrar agradecimiento y cariño.

De antemano se sabía que no estaban realizando grandes innovaciones en los sets presentados por Sudamérica, pero no deja de llamar la atención que su último disco no sea el centro de esto. A cambio entregaron canciones principalmente de For Lovers (2004) y Phantasma (2008), dos que se convirtieron en favoritos de varios fanáticos al entregar un sonido que deja la etiqueta de j-pop muy corta.

Y es que desde el trío emana música que a ratos es difícil de catalogar. Guitarras que toman cosas del bossanova y teclados que se pasean por los sonidos clásicos del pop japonés ochentero, todo en el manto del minimalismo que incluso traspasan a su escenario completamente negro. Todo es planeado, pero dentro de un grupo de amigos que ahora se enfrenta a varios miles de latinos que aplauden hasta la más mínima de sus conversaciones.

¿Hasta qué punto se demuestra ese fanatismo? ¿Es necesario gritar a cada rato incluso cuando el resto del público te está haciendo callar? Es decir, se espera que la gente que pagó la entrada entienda el mood del concierto, el sentido que le da la banda a sus canciones y las atmósferas que se esperan conseguir. Y cuando la banda está logrando ese silencio ceremonial antes de comenzar una nueva canción, alguien grita. Una lata hablar de esto cuando la atención debería estar sobre el escenario.

Además es esa capacidad de evocar imágenes uno de los puntos fuertes de Lamp. Por algo no quieren pantallas. Por algo no llenan de imágenes ni lasers varios que puedan distraer de la música. Se podría esperar que los oyentes de una banda de este tipo cuenten con un tipo de conocimiento común de la cultura que esta busca reflejar, de esos paisajes clásicos de las calles japonesas que hemos visto en manga, anime, películas, realities y cuanto producto más.

Cuando alcanzaban ese punto de expresión casi cinematográfica, lo de Lamp es de otro nivel. Todo lo que se puede escuchar en el disco y más, todo presente sobre el escenario del Caupolicán. Canciones como «HIROGARU-NAMIDA» mostraron ese punto exacto donde se mezcla el talento con el público, una relación de retroalimentación que parece nunca fue esperada por la banda antes de llegar al país-

A pesar de no compartir idioma, estas canciones entregan emociones que se pueden reconocer rápidamente. La presencia de otro puñado de músicos a sus espaldas permitieron que todas las capas de estas canciones estuvieran presentes. No solo tuvimos la flauta de Kaori Sakakibara, sino que también un multiinstrumentista que se movía de percusionista a trompetista y más, llevándose más que merecidos aplausos por cubrir cada espacio que fue necesario.

El cierre con «Last Train at 25 O’clock» fue otro gesto a los seguidores más antiguos, una de las canciones más famosas del trío en esta incursión por Sudamérica que sin duda dejará una marca en la forma en la que se relacionan con el público. Por nuestra parte, será difícil volver a sentir lo que generó con el trío. Un acierto que se confirmó con el lleno que tuvo el Teatro Caupolicán, una señal de que la relación de los chilenos con la música de la isla es mucho más amplia de lo que se podría creer.


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