Turnstile en Chile: Lo más bonito del caos


El regreso de Turnstile a Chile venía acumulando expectativas desde hace bastante tiempo, en especial con la venta total de entradas para su presentación en el espacio Basel. Hasta último minuto se congregó gente fuera del Mall Barrio Independencia con la esperanza de conseguir un pase para ver a los norteamericanos, una de las revelaciones de los últimos años dentro del hardcore.

Tras una más que correcta presentación de Mano de Obra, agrupación nacional perteneciente al mismo género, el público comenzó a moverse. Aquellos espacios que habían quedado durante la apertura se fueron llenando poco a poco, con varias personas por metro cuadrado en un recinto que cada vez marcaba una mayor temperatura mientras afuera se sentía la que quizá era la tarde más otoñal de lo que va del año.

Y el espacio fue tema durante prácticamente toda la presentación, pero no por algo relacionado a la banda o la organización, sino que por el público. Desgraciadamente el hardcore, así como el punk o el metal, tiene cierto grupo de seguidores que consideran como una gracia el avanzar empujando para llegar lo más adelante posible, pasando por sobre cualquier persona que esté en frente con codazos y más. No importa la seguridad propia ni ajena.

El karaoke logrado con «I Wanna Dance With Somebody» de Whitney Houston sirvió de entrada para lo que sería la llegada de Turnstile al escenario, provocando gritos desde el momento que se vio que bajaban por la escalera lateral. Allí se pudo ver otro momento de presión entre el público, con varios de ellos simplemente retirándose hacia la parte anterior de Basel al no aguantar la agitación de los primeros metros.

El comienzo con «MISTERY» y «ENDLESS» fue una rápida muestra de lo que se vendría: un show rápido, sin pausas, siguiendo la lógica de lo que históricamente ha sido el hardcore. Era prácticamente una competencia constante sobre quién entregaba más energía, si la banda sobre el escenario o la multitud detrás de la reja, retroalimentándose constantemente con cada canción que pasaba.

Se entiende que dentro de este mismo movimiento musical existan códigos que no tienen otros shows. Uno de ellos es el del stagediving, un clásico de gente subiéndose a cualquier estructura para luego arrojarse de vuelta al público. Esto no se logró por acción de los guardias cercanos a las rejas, generando frustración en más de algún fanático. Esa colisión entre lo permitido y lo lograble afortunadamente no escaló a más, permitiendo que el show se desarrollara con relativa normalidad.

No había pausa tampoco en el desfile de fanáticos. Algunos se retiraban cubiertos en sudor, mientras que otros veían el espacio para avanzar y se atrevían a desafiar a la masa de gente. Más de alguna persona simplemente cayó por la mezcla de este forzado ejercicio físico con el calor que se sentía en Basel, algo que los ventiladores poco pudieron evitar y que incluso fue notado por Brendan Yates. Cuando eso ocurrió, los caídos quedaron al cuidado de otros fanáticos en la misma cancha. Por suerte ninguno de estos episodios pasó a mayor, se valora la solidaridad en momentos así.

 

Los cinco sobre el escenario se manejaban como una máquina bien engrasada. Sin considerar el solo de batería de Daniel Fang, el resto de los músicos no tuvo momentos para brillar individualmente, pero sí lo hicieron colectivamente. A pesar de que el hardcore, así como sus predecesores y derivados, no requieren de gran técnica ni ejecución, lo de Turnstile tiene acabados detalles en lo que termina saliendo por los parlantes.

Luego del hitazo que fue «UNDERWATER BOI», las señales de que el show sería similar al realizado poco antes en Perú eran evidentes. De todas formas, esa falta de sorpresa en el setlist no fue impedimento para disfrutar todas las canciones. Y ese disfrute tuvo un sabor diferente al de su debut en Lollapalooza hace poco más de dos años, ahora con un público dedicado totalmente a ellos.

Ya con «Real Thing» los juguetes inflables que de alguna forma ingresaron a Basel se habían desinflado, con el público manteniendo una intensidad constante durante todo el show. A veces se cantaba o saltaba más, pero siempre se estaba haciendo algo.

El solo de bateria antes nombrado de Fang, previo al clásico «FLY AGAIN», fue quizá el único respiro que tuvo la gente dentro de Basel. Para aquel entonces ya había pasado más de la mitad del show, pero recién poco más de 40 minutos. Realmente fue tomar como tomar un café bien concentrado, uno que te golpea y despierta en un par de sorbos para luego dejarte con los ojos bien abiertos.

Con el suelo de aquella segunda planta aguantando los saltos en un movimiento que se podía sentir desde cualquier lado de la cancha, llegaron dos éxitos para cerrar una noche rápida e intensa: «HOLIDAY» y «T.L.C. (TURNSTILE LOVE CONNECTION)».

Y así, en poco más de una hora, el público tuvo que aceptar que el final había llegado. Dos comentarios se repetían constantemente: el calor que fácilmente llevó a Basel a los 30° y su elección para recibir a la banda, considerando la gran convocatoria lograda. De la forma que sea, Turnstile cumplió con todo lo que se esperaba y con más. No es el género más popular y tampoco está en su momento de mayor gloria, pero los norteamericanos nos llevaron durante una hora a un show de los años 80.


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agendamusical

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