La noche del martes tuvo algo especial en Santiago. De la mano de Cap’n Jazz, agrupación fundamental dentro de la masificación y desarrollo del midwest emo, se llegó a una noche de fervor como pocas veces se ha visto en el recinto del Barrio Bellavista.
Tras una previa a cargo de DJ Manyin, que mezcló varios clásicos cercanos a los norteamericanos de loos 90 y 2000, llegó la hora del plato principal. La cancha y la escalera se encontraban repletas cuando el quinteto se montó sobre el escenario del Club Chocolate, algunos cargando mochilas como si recién hubiesen llegado del trabajo.
Shmap’n Shmazz, el álbum con el carrito rojo que se lanzó a mediados de la última década del siglo pasado, se llevaría gran parte de un repertorio que apeló a la emotividad por sobre lo musical. Eso no hay que tomarlo de ninguna forma del lado negativo, ya que desde el comienzo con las guitarras de «Basil’s Kite» se notó que el talento de quienes dan la base a Tim Kinsella está totalmente intacto.
Fue la voz del frontman la que llamó la atención desde el comienzo, mostrándose -por decirlo de alguna forma- rasposa en momentos de gritos y otras expresiones de sus cuerdas vocales. Él no escapó a lo evidente, señalando en tono de broma que en sus mejores momentos puede cantar igual que Bruce Dickinson, vocalista de Iron Maiden. Esto lo acompañó de algunas líneas de «Run to the Hills» de los ingleses, provocando sorpresas y risas.
Eso sería lo principal por parte de Kinsella y compañía: entregar una experiencia donde la voz era un recurso más, pero no lo central al momento de querer compartir emociones. Por lo mismo iba y venía con el pandero, el que afortunadamente siempre volvió a sus manos. De la misma manera con su soltura al entregar el micrófono a los fanáticos para que suplieran sus palabras mientras viajaba de espaldas sobre las manos de otros seguidores más.
Ahí también incluyeron otros clásicos como «Forget Who We Are» o «Olerud», los que pertenecen a su última publicación antológica antes de que tomaran otro rumbo. Ese martes volvimos al día antes de aquella separación, como si esa energía adolescente se hubiese mantenido contenida. Parte del éxito de esto fue la alta convocatoria de jóvenes sub-30, ¿habrán llegado después del regreso de American Football? De la forma que sea, sintieron como propia esa energía que surgió en Chicago bastantes años antes de sus nacimientos.
El caos muchas veces funcionó dentro del respeto por el espectáculo, pero todo se desbordó cuando el escenario se repletó de personas que aprovecharon la falta de seguridad para subir y no bajarse. Ya habíamos visto a algunos subir para lanzarse al público, para abrazar al frontman e incluso saludar a su hermano y co-fundador, Mike Kinsella. Pero no. Aquí fue para sacarse selfies y apoderarse de un momento que debió ser colectivo. Sin alcanzar a terminar la canción, tanto parte de la producción como otros guardias subieron al escenario para intentar poner orden. Incluso se escuchó un «let’s take five», señalando una posible pausa. Es difícil enseñar criterio a la gente, algo que faltó en personas que vieron una oportunidad y la quisieron tomar sin pensar en nadie más.
Tras eso, los asistentes bajaron un cambio en las revoluciones y el show tomó su curso. Así pudimos disfrutar de los gritos desafinados y llenos de caos en canciones como «Oh Messy Life» o «Yes, I Am Talking to You», canciones que no habíamos podido escuchar nunca por estas tierras. La «deuda pendiente» que nombran algunos, una que es súper real al escuchar cantar a personas como si nunca antes lo hubiesen podido hacer.
La juventud va mucho más allá de la edad. Es una forma de posicionarse frente a la vida. La de Tim Kinsella parece ser la de entregarse a la vida y confiar que todo saldrá bien. Ese martes se logró, ya que todo funcionó al nivel de ver a parte del público pidiendo más a pesar de recién estar retomando el aire tras los empujones que se daban. Así, pocos minutos después de la salida del escenario, volvieron con más clásicos.
«Flashpoint: Catheter» fue un resumen de lo que ocurrió en la noche: probando desde lo más melódico hasta terminar en estridencia, en empujones y desahogos varios. El querido cover de «Take On Me» mantuvo la fiesta para un cierre más que propio para un espectáculo de este tipo: «Puddle Splashers» y «¡Qué Suerté!». Así, como quien se sube a una montaña rusa, la emoción acabó de golpe. Menos de 90 minutos que desataron cantos atrapados durante años y un caos que logró detenerse a tiempo. Un debut quizá no en las mejores condiciones, ¿pero eso no es lo que hace especial esto?

















0 Comments