El final de Black Midi trajo un montón de incertidumbres entre sus fanáticos. Una de ellas iba directamente relacionada a toda la música que existe dentro de la cabeza de Geordie Greep, artista que demoró poco en convertirse en solista para seguir explorando aquello que en su álbum debut llamó «el nuevo sonido» y que pidimos apreciar la noche del pasado jueves en el Teatro La Cúpula.
Después de una interesante presentación de Machis Punkis, trío que entrega una música que -al igual que el inglés- es muy difícil de catalogar. Percusión usando bowls metálicos y flautas con distorsión fueron algunas de las cosas que lograron presentar ante un recinto que se llenó muy temprano, quizá también de la mano del anuncio de que el acto principal saldría antes de las 21:00 h.
Cuando apareció Greep sobre el escenario, el público se volvió loco en gritos. Quién es uno para juzgar las acciones del resto, pero fue un nivel de respuesta que no aparece tan regularmente, menos con artistas sub-30 que todavía ni cuentan con una discografía tan robusta. Esto, claro, dejando de lado el nivel de esta música. A pesar de solo tener su disco debut (The New Sound, 2024), Greep cuenta con una experiencia que entrega canciones interesantes y actuaciones atractivas para los ojos impresionables.
Y es que el grueso del público de Greep eran hombres jóvenes, veinteañeros, gran parte de ellos entregados a la performatividad: caras rayadas, disfrazados como el músico en su video de «Holy, Holy», mucho slang de internet y la compulsiva necesidad de ser el centro de atención. Personas que entienden el disfrutar un concierto como saltar, girar en círculos y empujarse, que sus gritos tapen la música y que el artista pose sus ojos en ellos. Ser noticeado, como le dicen. Valientes las jóvenes que se metieron a competir el espacio con ellos.



Dejando de lado el aburrido espectáculo en el que se está convirtiendo el público de los conciertos, más ganoso de volverse viral y llamar la atención que presenciar el espectáculo, el show estuvo impecable. Acompañado de solo cinco músicos, Greep podía vender la ilusión de tener detrás una big band, de ser ese líder de banda que manejaba los tiempos del baile.
Con «Walk Up» y «Terra» entramos directo a ese mundo, uno impredecible donde el británico mezcla la técnica de su guitarra con la confianza que pone en sus músicos, logrando que existan altos y valles dentro de cada una de sus canciones. Y no son para nada cortas, considerando que estuvo casi dos horas sobre el escenario y no alcanzó ni la decena de canciones. Allí, desde un comienzo, aprovechó de mostrar el talento de cada uno de sus acompañantes con un pequeño solo para cada uno, una introducción que despejara las dudas en torno a la calidad de lo que se mostraría. Greep a ratos incluso da la espalda al público, mostrando que lo importante es el producto completo y no solamente una individualidad.
El fervor fue tal que en un momento Greep detiene el show para acercarse a gente de la producción. Desde más atrás no se veía, pero una reja en la primera fila limitaba el espacio donde se podía mover la gente y él pidió sacarla. Así, con el público levantando las barreras por sobre sus cabezas y gritos de celebración, la gente se avalanzó nuevamente sobre el escenario para estar lo más cerca posible del músico. Él, algo más distante, dejaba las caras de sorpresa a cargo de sus percusionistas.



Cuando no cantaba, su guitarra tomaba ese lugar. Ese «nuevo sonido» del que habla Greep no es más que una nueva vida a música que nació décadas antes que él. La salsa, el progresivo, los toques de jazz y la suma de otros sonidos sacados directamente de estas latitudes -algo que lo hacía sonar demasiado familiar- son solo algunos de los ingredientes que el músico puso en cada canción, temas que alargaba y dirigía a voluntad. De hecho, parte de aquellos los grabó en Brasil.
La llegada de «Holy, Holy» a los parlantes fue quizá uno de los momentos más potentes dentro del Teatro. Amén de su juventud, el público mantuvo la intensidad durante toda la noche, acompañando siempre con gritos cada intervención del músico. Esta versión extendida le permitió no solamente alargar el delirio colectivo existente en la cancha, sino que también ir repasando a gotas cada una de las influencias antiguas que terminaron dando vida a lo nuevo. Incluso salió un pequeño juego con «I Shot the Sheriff», clásico de Bob Marley con los Wailers.
El cansancio de casi dos horas le pasó la cuenta a varios. Al comienzo el mismo Greep bromeó con que no eran lo suficientemente fuertes en las primeras filas, quizá incluso usando irónicamente la crítica a la masculinidad presente en su trabajo. Casi al terminar, mientras se encontraba al centro del escenario solo con su guitarra, una muchacha era sacada en brazos por parte de seguridad. Él, mirando casi incrédulo, terminó su canción en un momento algo surreal.
Nunca dejará de ser especial un espectáculo que es capaz de transformar canciones de algunos minutos en una experiencia de casi dos horas. La presencia del músico sobre el escenario es imponente, en especial con su manejo con tan solo 26 años, pero igual el público se hiperventiló incluso antes de ver de qué era capaz. Es decir, una cosa fue su paso por Black Midi, pero lo de ahora era un re-debut. Considerando lo hecho sobre el escenario, podríamos estar viendo el ascenso de un artista que tiene mucho por mostrar, pero también mucho peso autoimpuesto. Ese «nuevo sonido» es una promesa que se debe renovar, transformar en el éxito. Nosotros nos quedaremos esperando la siguiente sorpresa.



















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