ESPECIAL | Primavera Fauna 2025, día dos: Una jornada (casi) redonda


Las piernas todavía no se recuperaban cuando la música ya comenzaba en el Parque Ciudad Empresarial. Fauna Primavera comenzó su sábado con dos nombres nacionales que se han ido haciendo un espacio en el circuito rápidamente: Niebla Niebla -el proyecto más experimental de Princesa Alba- y Candelabro, quizá la vedette del movimiento indie nacional actual.

La juventud siguió a cargo de estas primeras horas de festival, el que también contó con el regreso de la mexicana Bratty, artista que había pisado el país a comienzo del año pasado. Siempre con su guitarra al hombro repasó varios de sus éxitos como “Continental” o “Honey, no estás”, donde muestra una versión latina de aquello que se ha intentado acotar en el término bedroom pop. Quizá tímida en su propuesta sobre la tarima, igual se lució tanto con su instrumento como con las emociones que logra traspasar en sus letras. “Aquí ya no hay un lugar para los dos / y tienes que admitir que yo intenté de mí todo”, un ejemplo de ellas.

 

Radical fue el cambio al otro escenario con Otoboke Beaver. Una apuesta pocas veces vista en el país, donde se mezclan estéticas casi setenteras con un punk rock caótico, una líder con un personaje apático y canciones de un minuto. Desde ahora utilizables como emblemas de “no juzgar por las apariencias”, desbordando una energía que ya se la quisieran otros nombres del género.

A pesar de esta potencia, es necesario recordar que la música juega tanto con los sonidos como con los silencios. Ellas, surgidas en Japón, requerían de cierto ritual antes de comenzar canciones, en especial cuando estas tenían el ingrediente especial de comenzar casi al unísono entre la voz y el resto de los instrumentos. Lamentablemente no faltó el desadaptado que lanzó comentarios misóginos, otros racistas, además de gritos que quebraban ese frágil espacio de preparación ante una canción. Que ellas no supieran español fue casi una bendición.

 

Cuando los asistentes se quieren convertir en protagonistas del show, hay problemas. Hay que entender que ni los gritos ni los videos ni un posible autógrafo son más importantes que lo que hacen los artistas por los cuales se paga entrada y se gasta tiempo. El nivel fue tal que la propia Accorinrin, voz de la agrupación, tuvo que mandar a callar a aquellos que no permitían seguir un show que se apoyaba en la sucesión rápida de canciones.

Respecto a lo musical, ofrecen un cuarteto clásico: batería, bajo, guitarra y voz. Se mueven por el punk, el garage y guiños al riot grrrl. En un momento te entregan una canción de tres minutos, en otro provocan mosh con otra que no alcanza ni un minuto. En palabras simples: hacen lo que quieren y el resto que lo disfrute. La coincidencia con el cumpleaños de su bajista, Hiro-chan, fue un tierno momento dentro de un espectáculo que desborda caos y cambios de ritmo. Sin duda se fueron con muchos más fanáticos que con los que llegaron. El único detalle: el audio de los micrófonos al comienzo, paso en falso del cual se recuperaron rápidamente.

Una de las artistas pop más importantes de las últimas décadas fue quien ocupó el espacio del caído RY X: Javiera Mena. Un número seguro, lleno de clásicos, que hasta tuvo un pequeño momento en donde el concierto se transformó en un rave de música electrónica.

 

«Hasta la verdad», «Espada», «Otra era», «Que me tome la noche» y «Luz de piedra de luna», canciones coreadas por cientos en el Parque Ciudad Empresarial, todas en compañía de un grupo de músicos que le permitió alcanzar todos los colores que entrega en sus canciones. Así, además de las cuerdas clásicas y la batería, tuvimos un violín eléctrico, un saxo, flauta y varias sorpresas más. El pop puede ser muchas cosas, menos fácil de hacer.

Incluso reconociendo ella misma la inclusión de último minuto, Mena hizo que la baja del cantante australiano pasara -en buen chileno- muy piola. Es decir, ya llegó al punto donde puede dejar fuera de su setlist temazos como “Esquemas juveniles” y seguir entregando un show con canciones ampliamente conocidas.

Con solo una hora para mostrar lo suyo, el noruego Erlend Øye y The Whitest Boy Alive dieron una clase magistral de cómo aprovechar el tiempo. El set ya venía planeado y probado por su paso por Argentina, donde su mezcla de dance rock y electrónica tuvo muy buena recepción. Aquí todavía más, con el músico sintiéndose prácticamente como de la casa. De hecho, recién llegado al escenario le preguntó al público con una simpática arrogancia cuál era su nombre.

 

TWBA es un experimento algo extraño, ya que oficialmente dejaron de hacer música con ese nombre, pero sobre el escenario es casi un grupo de amigos que se conoce hace mucho haciendo música por las tardes. No lo digo por displicentes ni nada similar, sino por la química que existe entre ellos con Øye al centro de todo. Con su guía, cada canción tenía su espacio para ser vivaz, pero sin sentir que se extendían innecesariamente. De hecho, «Island», la última del setlist, fue alargada artificialmente para aprovechar de bailar. Y terminamos viendo al noruego apagándose en el suelo junto con la música. Se hizo corta la hora, eso siempre es buena señal.

Hasta cierto punto, lo de Tash Sultana era una incógnita. Reconocida multiinstrumentista australiana que se mueve dentro del rock, montó una escenografía con imágenes que aludían a las calaveras mexicanas y a los cuadros blanco/negro que se popularizaron con el ska. En lo musical, lo primero fue un cover de Bob Marley con la icónica «I Shot the Sheriff» mientras vestía la camiseta de la selección chilena. Muchas cosas ocurriendo al mismo tiempo.

 

En ese comienzo, la cantante estaba acompañada de una banda que rápidamente se esfumó. Fue allí cuando empezamos a entender la magnitud de su calidad de intérprete de muchos instrumentos. Vimos pasar batería, teclado, dispositivos para hacer samples con su propia voz, guitarra, bajo, saxofón, flauta y quizá se me olvida algo más. 

Una orquesta humana que tiene gran parte de su espectáculo en la construcción de canciones. A ratos puede parecer con falta de ritmo, entregando un comienzo más lento, pero al ver el resultado de aquel trabajo con ella al centro, todo hace sentido. A esto se suman letras emotivas como la de “Hazard to Myself” una de las canciones de su último trabajo Return to the Roots (2025), letras que aprovechó de proyectar en la pantalla, pero igual tomándose licencias para cantarla.

Lo mismo cuando tomaba su saxofón para plantarse en la primera línea del escenario. Esconderse no es lo suyo, agitando al público cada vez que podía, una gran parte de ellos sorprendidos con cada nuevo paso que daba. Al igual que con las niponas, el único tema fueron un par de pequeñas fallas del audio, pero eso no es culpa de ella. Sorpresiva, intensa y llena de recursos, lo de Tash Sultana es otro de los aciertos de esta edición de Fauna Primavera.

La tarde ya sentía la baja del sol cuando apareció Aurora en escena. Un nombre que ha tenido varias visitas en los últimos años, pero que parece ya casi una peregrinación de sus fanáticos más cercanos, quienes siguen a la noruega con su clásica vestimenta y sentido del humor donde mezcla lo más duro con su imagen dulce. 

 

Esta vez no contó con su grupo de bailarines, pero fue solo un detalle cuando hablamos de una artista de su tipo que es capaz de llenar todo el escenario por su cuenta. Bailando o caminando, junto a su micrófono rojo o dándole la espalda al público mientras toca su piano: el magnetismo que produce la europea no deja de ser llamativo, entregando una música que no solamente es pop, sino que también incluso toma elementos del folk y la electrónica. La insuperable dupla de introspectivo/bailable. Todo esto junto a una banda que la acompaña en cada paso, incluyendo sus dos coristas. Nunca hay competencia por el protagonismo, con sus voces creando distintas texturas dependiendo de la ocasión.

Y no solo eso, ya que Aurora también aprovecha cada paso por los escenarios para repartir sus diversos mensajes políticos. Uno de ellos fue directamente dirigido hacia las personas trans, otra canción para la comunidad gay y también la recepción de la camiseta del club Palestino, todas cruzadas en donde se ha visto como activa voz. Ese tipo de cosas es la que estrecha más la relación entre artista y seguidor. El cierre con la dupla «Cure for Me» y «Giving In to the Love» funcionó muy bien, dejando satisfechos a quienes esperaron al final de su set para emigrar al siguiente escenario.

El Escenario Levi’s tenía la misión de recibir del debut de Bloc Party, agrupación que llegó por primera vez a nuestro país junto a la celebración de las dos décadas de Silent Alarm, su álbum debut que se convirtió rápidamente en uno de los insignes del indie rock y del revival del post punk de comienzos de los 2000 en Inglaterra.

 

Hay muchas formas de abordar el aniversario de un disco. Algunos lo tocan completo y en orden, otros solo repasan los éxitos. En el caso de la banda de Kele Okereke fue eligiendo algunas y armando el resto del setlist en torno a ellas. En vez de comenzar con «Like Eating Glass», los de Londres partieron con «So Here We Are». Y funcionó.

Con una altanería británica que no caía mal, Okereke era el encargado de hablar con el público, introducir las canciones y poner la voz en cada una de ellas. Y vaya que voz, dando el ancho en cada una de los temas seleccionados, algo a lo que sumaba su guitarra con distorsiones siempre al centro del escenario. Incluso se dio el lujo de ponerse a bailar entre la niebla artificial que llenaba el escenario, acompañado de quizá uno de los juegos de luces mejor logrados de todo el festival.

«She’s Hearing Voices», «Song for Clay (Disappear Here)» y «Banquet» fueron algunas de las elegidas para recién abrir su presentación, ¿cómo enfrentar el resto después de eso? Incluso fueron cuidadosos al incluir la más reciente «Traps» entre ellas para luego seguir explorando sus lanzamientos más antiguos. Entendieron bien las dos tareas: elegir un repertorio pensando tanto en un festival como en un debut.

El grito de “are you hoping for a miracle?” que se guardó durante varios años explotó casi al final del show con “Helicopter”, seguida de cerca por otro clásico como “This Modern Love”. 75 minutos que hicieron olvidar todas las horas previas de festival, entregándonos en energía tal como si fuéramos aquellos que escuchamos esas canciones décadas atrás. Todos fuimos más jóvenes, escuchando ahora parte de ese sentimiento juvenil, adolescente. La espera valió la pena, con Bloc Party siendo uno de los puntos altos de Fauna Primavera en una edición donde faltan dedos de las manos para hablar de buenas actuaciones.

Cuando el shock de los londinenses seguía siendo digerido, otra experiencia artística llegó a los parlantes: Massive Attack. En un formato que incluía todos los dispositivos electrónicos necesarios más los instrumentos en vivo, también añadieron la siguiente capa que los hace característicos: las voces que acompañan sus canciones.

 

Histórico dentro del movimiento roots reggae, el primero fue Horace Andy para «Girl I Love You». Minutos después uno de los mejores momentos del festival, cuando aparece sobre el escenario esa magnánima figura que es Elizabeth Fraser, colaboradora de Massive Attack que saltó a la fama años antes de la mano de ese inalcanzable grupo que es Cocteau Twins. «Black Milk» sería la primera de varias que interpretó.

Al igual que Stereolab la noche anterior, lo de los de Bristol va mucho más allá de solo la música. Con Robert Del Naja a la cabeza, junto a un Daddy G un poco más en segundo plano, cada canción era una forma de protesta. A la causa palestina, de la que son uno de sus voceros más importantes dentro de la industria de la música, también existió crítica al capitalismo, a la manipulación de los medios de comunicación, a los líderes políticos y mucho más.

Al parecer la misión de Massive Attack es lograr que cuestionemos todo, empujados por una música que atrapa y visuales que entregan información sobre fechas, hechos y personas, una sobredosis de información. Incluso ese irónico cover de “Levels” de Avicii, con el que se ríen tristemente de la cultura del consumismo, sonó muy bien. Y el público entendió bien para donde iba todo, respondiendo tanto a lo positivo como a lo negativo, como cuando aparecía Benjamín Netanyahu en pantalla.

 

Deborah Miller, otra de las voces de Massive Attack, se hizo presente con dos canciones: «Safe from Harm» y «Unfinished Sympathy». Esta rotación de voces permite no solamente sumar más colores a cada canción, sino ir repasando distintos universos que de otra forma no tendrían cabida en el mismo show. Momentos experimentales, de dream pop, soul, industrial y más, todas esas cosas que terminan formando esa amalgama que es el trip-hop.

Fraser volvió para el tramo final del show, sentenciando todo con la que quizá es su canción más popular: «Teardrop». Con una base electrónica que puede parecer simple, sumado a lo etérea de su voz, fue como si lentamente nos bajaran de una nube para sentir los pies en la tierra, contemplando el final de un set algunos minutos antes de lo que se había anunciado. Algunos esperaron por un encore, pero no llegó. ¿Cómo romper aquel sello que significó “Teardrop”? Hasta parecería falta de respeto.

 

Massive Attack hace de la denuncia su arma y de la música su dispositivo de transporte. No es suficiente solamente escuchar la música, sino que te obligan a entrar un paso más allá y ver lo que muchas veces se ignora. Y ahí uno se entrega, se deja llevar ante lo bueno y lo malo, todo dentro de la experiencia que significa ver a una de las bandas más innovadoras de la música contemporánea, una que pone el mensaje por sobre la forma. 

Sin dudas lo de los ingleses fue uno de los mejores shows de cierre de Fauna Primavera. Un nombre histórico dentro de la música con una propuesta que no deja indiferente a nadie cerrando una edición que tuvo para todos los gustos pero, por sobre todo, de una calidad indudable. Tuvimos baile, drama, guitarreos, karaokes y muchísimo más, dejando la vara altísima para lo que será el 2026.


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agendamusical

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