Tras quedar fuera de la gira promocional de su aclamado disco Mr. Morale & the Big Steppers, un retorno de Kendrick Lamar a Chile se veía lejano. Incluso se rumoreó una visita como parte de una serie de festivales en la región que también se terminarían cayendo. En ese tiempo veíamos a un rapero que seguía en crecimiento, tanto en lo musical como en lo lírico, quien incluso alcanzó un Pulitzer por su pluma junto a un reconocimiento que vas más allá de su género.
De esa forma, cuando se anunció este espectáculo, muchos fanáticos de larga data del sr. Duckworth se ilusionaron de poder ver nuevamente a una de las lenguas más filosas del planeta. GNX, álbum lanzado por sorpresa durante el año pasado, fue la excusa para cerrar esos años alejados del país, todo como parte de un «Grand National Tour» con toda la parafernalia que lo acompañaba.
Eso sí, antes de llegar a él tuvimos otra parada: el dúo del momento Ca7riel y Paco Amoroso. Elegidos como «invitados especiales», fueron quienes prendieron los ánimos desde antes de las 20:00 en un Estadio Monumental que se seguía llenando. Fue su tercera vez en el país en el año, capitalizando un éxito que ha ido en rápido crecimiento desde su show el año pasado en la Blondie.
Acompañados de su escenario inflable brandeado de PAPOTA y sus cabezas gigantes, el par entregó un show contundente y sin respiros. Al igual que cuando tienen más tiempo, aprovechan tanto de repasar sus grandes éxitos y algo de su parte solista. Allí cada uno desaparece momentáneamente del escenario para no restarle protagonismo a su amigo, volviendo para hacer saltar con canciones como «La que puede, puede» o «Ola mina XD».
Esto lo hicieron junto a un outfit futbolero para hacerle honor al terreno donde se presentaban. Otro guiño fue el de Paco Amoroso celebrando como el Matador Salas con rodilla al suelo e índice al cielo, irónico en el campo del archirrival. Si bien no mostraron nada nuevo en relación a sus últimas visitas, ¿es realmente necesario? Su TinyDesk sigue todavía tibio, con canciones como «#Tetas» o «El único» que siguen funcionando igual que en Lollapalooza o su agotado show en el Movistar Arena. Un acierto para dejar el ambiente en el tono correcto, todo en poco más de media hora.
Los fantasmas de la cancelación de Colombia aparecieron momentáneamente al ver a gente del staff técnico sobre la estructura metálica, moviendo luces y probando poleas. Gente se paseaba de lado a lado sobre el escenario completamente oscuro mientras la música intentaba -sin éxito- hacer más llevadera la espera, pero cada minuto se sentía como el triple en un ambiente que solo quería ver al norteamericano en el país, ya sea por primera o segunda vez.
Así, a eso de las 21:20, se apagan finalmente las luces y aparecen cinemáticas por las pantallas, insertos que simulaban un interrogatorio al músico donde respondía de forma críptica e irónica. Ante diversos cuestionamientos, Kendrick Lamar se daba el gusto de responder fríamente, un guiño a aquellos incontables episodios de tensión entre la policía de su país y las personas afroamericanas. Lo político no escapa nunca de su planificación. Esto se acompañaba de unos bajos que se sentían por todo el recinto de Macul, mostrando que el volumen sería acorde a lo que se esperaba.
Tras ingresar junto a «wacced out murals», el público cayó a sus pies junto a dos nuevos clásicos de su repertorio: «squabble up» y «N95». Llamativo que esta última fuese la única representante de su pasado disco, uno que nuevamente lo mostró con una vulnerabilidad no muchas veces vista en un artista de su talla.



Este sería el primero de una serie de actos en los que divide su show, algo que hace total sentido con la teatralidad que intenta entregar desde el primer momento. Siempre solemne, micrófono en mano, ocupó todo momento para poder cantar sus letras, sin apoyarse en las bases como otras veces se puede apreciar en este tipo de espectáculo. Entiende la importancia de cada palabra, tanto la propia como la compartida con el público en los coros. Esto pasó en esos guiños al pasado que hizo con partes de «King Kunta» y «ELEMENT.».
Además de fuegos artificiales y bolas de fuego, cada acto fue sumando aparatos que ayudaban a ahondar más en la temática que Lamar presentaba. Así vimos dados y otros relativos a automóviles poco después de un video donde, de forma muy innovadora, se mostró una historia desde dos perspectivas: una pareja ficticia discutiendo al salir de un auto para entrar en una tienda. Algo de todos los días, pero que llevó a otro nivel con una narrativa que hacía sentir las canciones y los insertos como uno solo.
Este «Grand National Tour» es la respuesta de Kendrick Lamar a un gran número de cuestionamientos internos y externos, una forma de dar a conocer su opinión sobre diversas materias. Para confirmar este aspecto ceremonioso se hizo acompañar de un escenario que fue negro en su totalidad durante gran parte del show, acompañado por algunos telones que también aportaban a esta teatralidad. En algún momento pudimos ver lo que pasaba detrás de aquella tela gracias a las cámaras que lo seguían, recurso que quiso hacer un gesto a esas fiestas underground donde se necesita de solo un parlante para armar la fiesta.



Cada uno de estos actos también jugaban con ir desde lo presente de NGX con algunos pasos por las canciones que lo llevaron a los grandes escenarios. Así mezcló «hey now» con hits que despertaron a muchos como esa seguidilla de «HUMBLE.», «Backseat Freestyle» o el dúo de «Swimming Pools (Drank)» con «m.A.A.d. city». Si bien ninguna de estas fue completa, esto es algo de lo más común en shows de este tipo, donde se rescatan los versos más prendidos con el trabajo de hacerlos calzar con otros de la misma sintonía.
Y así como lo suyo con las palabras, la parte de expresión física la dejó en un grupo de bailarines que tuvo varios cambios de ropa y estilos. Aprovechando la larga pasarela que dividió la cancha, Kendrick Lamar pasaba de sentidos monólogos a momentos de fiesta marcado por la presencia de esta docena de personas, todos muy acorde al estilo presente y a la representación que debían dar de Compton.
No necesito de grandes frases para la galería ni tampoco recurrir al recurso fácil. El rapero se presentó como ante un grupo de amigos a quienes no veía hace tiempo, con quienes -eso sí- se dio el gusto de repasar nuevamente a Drake. Aquel beef -discusiones públicas entre artistas- llevó a la creación de un disstrack -canciones de respuesta dura a ciertas situaciones- siendo «not like us» una de las más importantes de la última década. En cada uno de los países que visitó, consiguió que se gritaran con fuerza versos donde se apunta al canadiense como pedófilo, entre otros. Desde su show en el Super Bowl en adelante se ha convertido en uno de los puntos altos de su show, uno de los pocos momentos donde deja su pedestal -bien ganado- para sumarse a una voz colectiva.
Ya el cierre, envuelto nuevamente con esa maleable canción que es «tv off», quedó en manos de «gloria». Un repaso casi completo a su última producción, cerrada con la misma promesa que hizo en el Parque O’Higgins hace seis años: que va a volver. El hip-hop es una fotografía de distintos momentos, personales o colectivos. Ahora vimos una parte muy íntima del norteamericano, en una madurez de su carrera que le permite trasparentar miedos y situaciones que usualmente la fama oculta.
Incluso sin agotar entradas en ninguno de sus shows en la región, el de Kendrick Lamar se anota como uno de los mejores del año. Sólido en todo lo presentado sobre el escenario, dejando nuevamente con ganas de más y más. Quedará para el futuro ver qué propondrá en su próximo disco, en momentos donde su país está en medio de un complejo momento político donde las minorías nuevamente están siendo amenazadas. Y quién sabe si tiene una nueva discusión con alguien más o una nueva iluminación en lo espiritual. Lo que queda es la ilusión de tener a Kung Fu Kenny nuevamente en estas tierras.



















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