Todo se fue poniendo tenso en la medida que las 20:00 se acercaban. El Teatro Caupolicán, repleto y dividido entre cancha general y cancha vip, reunía varios cientos de personas que esperaron este momento por décadas. Literal por décadas. Gackt, camaleónico artista japonés, llegó recién a comienzos de este 2026 a nuestro país cuando ya cuenta con más de tres décadas de carrera sobre sus hombros.
Cuando la hora llegó, fue la platea la protagonista. Señalando «medidas de seguridad», muchos de quienes se habían sentado en platea baja debieron moverse hacia la parte superior del sector con asientos. Algunos lo hicieron rápido, otros recién cuando la presión del público y de la voz detrás del micrófono aparecieron. Si no se movían, no partiría el show, algo supervisado de cerca por parte del staff del nipón desde el escenario.
Afortunadamente, solo fueron algunos minutos, pero se sintieron eternos. Es que esa espera, esas ganas de ver a un artista que en algún momento se pensó que nunca llegaría a un rincón como este, alimentó las ansias hasta el punto de explotar cuando aparecieron los cinco músicos que componen los YELLOW FRIED CHICKENz. Todos uniformados de camisa negra, corbata roja y máscara blanca, se posicionaron rápidamente en sus puestos para dejarle el centro del escenario a Gackt. También de negro, pero acompañado de una capa tornasol que le daba un pequeño aire militar, se posicionó sobre un pedestal. Perfecto para una figura que gusta del reconocimiento del público.



El japonés es un artista bastante transversal en sus orígenes musicales. Se mueve dentro del pop y el rock/metal, añadiendo algunos toques de sensualidad como esos bailes que mostró desde casi el primer minuto, todo acompañado de una voz que añade una capa de solemnidad a todo lo que hace. «Dybbuk», canción que nos llevó a comienzos del milenio, fue perfecta para eso. Si bien no había a nadie a quien convencer, esa mezcla de música bailable, segmentos de headbanging y movimientos de cadera fueron la carta de introducción perfecta. Incluso algo de vocoder metió a su voz.
Y es que sí, el show en la teoría era de los YELLOW FRIED CHICKENz -proyecto que el músico revivió hace un par de años- y no de él propiamente tal, pero era imposible no personalizarlo. Es decir, cada uno de sus músicos es de primer nivel. MiA, uno de los guitarristas, es habitual de otro grande del j-rock como HYDE. Y además cada uno sabía su función, sin chocar con ninguno de sus compañeros, todos repartidos al borde del escenario para mantener esa cercanía con el público.
«Speed Master» y «Dispar» siguieron la tónica de mantenernos en la primera década de los 2000, tiempos en los que la música de países lejanos no contaba con la ayuda de las redes sociales o plataformas de streaming. Descargas de mp3 y muchos videos pixelados que demoraban mucho en bajar, comunidades que se armaban en torno a uno que otro proyecto musical y fansubs que hacían lo propio subtitulando anime. Épocas de muchas comunidades de foros, razón por la cual la media de la edad de los presentes en el Caupolicán fácilmente superaba los 30 años, pero en las reacciones muchos volvimos a ser adolescentes.
El repaso siguió por «Maria» entre las más antiguas y «Until The Last Day» de las más «recientes», cada una donde el músico pudo poner a prueba su reconocida voz de barítono, logrando potentes vibratos que despertaron gritos acumulados por años. Eso sí, se agradece haber tenido un público energético, pero no caótico. No se vieron grandes masas de gente empujando de un lado a otro ni problemas de ningún tipo, todos bien enfocados, con los ojos sobre el escenario.



Este mismo espacio donde los seis artistas se movían jugaba a favor de poner la atención sobre las personas y nada más, manteniéndose oscuro en gran parte del show, apoyado solo con luces. A los costados se veían dos pantallas cuadradas, pero nunca se prendieron. De fondo el telón con el nombre de la banda en letras rojas, perdiéndose a ratos, pero importaba súper poco. Tras «RIDE OR DIE» llegó uno de los mejores momentos de la noche con «Vanilla», quizá una de las canciones asiáticas más bailadas de aquellos años en las tantas fiestas temáticas que se hacían a comienzos de milenio. A pesar de ser quizá una de las canciones más antiguas, ha envejecido demasiado bien, reviviendo esa chispa interior gracias a esos movimientos de lado y lado junto a uno de los mayores karaokes de la jornada.
Con esta canción Gackt ya se convenció de que el público nacional era otra cosa, con él y sus miembros reaccionando a cada ola de gritos, mojando a la gente con agua y arrojando las botellas vacías cual souvenir. Eso sí, la emoción venía de lado y lado, alcanzando una pequeña calma en «Jounetsu no inazuma» para luego tener un cierre arrollador con «JESUS» y «ALL MY LOVE», siendo esta última uno de los momentos más emotivos de la noche. En inglés aprovechó de recordar que todos compartimos solo un mundo y que estamos conectados, un llamado de unidad dentro de tiempos difíciles para el mundo. Allí llegó la primera despedida.
Un par de minutos después, con el público todavía en llamas, presentaron la canción que escribieron pensando en servir de cierre para sus shows: «Mata, Koko de Aimasho», que precisamente significa «Nos volveremos a ver». Aquí los presentes ya estaban entregados a sus sentimientos, se veían lágrimas en los ojos de varias personas y abrazos entre amigos que esperaron mucho por un momento así, pero apenas la canción y su discurso terminaron, algo se tomó el Caupolicán: el grito por «Mizerable».
Fue entretenido, algo que no ocurre mucho: gente demandando una canción y los artistas escuchando. La ilusión creció cuando se detuvo el ritual de despedida para ver algunas conversaciones entre Gackt y el resto de los músicos. Mientras uno de ellos bajaba de la tarima para ir a hablar con el equipo técnico, otro par seguía aleonando a los presentes para gritar más y más fuerte. El líder del espetáculo, claramente sorprendido, se dejaba querer con aplausos, gritos, «te amo» y uno que otro «ai shiteru» que aparecía en la oscuridad. Y así, con un simple un pulgar arriba de uno de sus músicos se terminó provocando un estallido de voces. Esa canción, que el japonés no interpretaba en vivo hace varios años, se quedó con el puesto final del setlist dispuesto para la noche de forma sorpresiva, única.



Desde ese violín que abre la canción que todo se volvió un coro gigante. Se cantaba, se sentía, se sufría y se añoraba. Incluso a lo lejos se veía la emoción del músico al ver que cientos de chilenos eran capaces de corear una de las canciones más teatrales que tiene. Fueron cerca de cuatro minutos donde se volvió a un tiempo mucho más simple, pero sin quedarse pegado en la nostalgia, sino que con una potencia que parecía sacada directamente del 2001.
Fue una catarsis, en especial tras haberlo conseguido en base a gritos y pasión, algo que la banda recompensó ampliamente con una despedida que desde sus músicos prescindió del lenguaje para entregarse completamente al lenguaje universal de los gestos. Con sus palabras finales, Gackt hizo prometer que todos nos reuniríamos en el mismo lugar y que sí o sí volvería. Tras agotar el recinto de calle San Diego y ver lo que despertaba en este público que esperó toda una adolescencia el poder verlo, seguramente se fue mucho más feliz de lo que llegó. Al menos para la gente que llegó al Caupolicán fue así: uno de esos conciertos que no se olvidan.
Fotos: Andie Borie / Uri Music









































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