La última jornada de Lollapalooza Chile cerró con una mezcla amplia de estilos, donde el pop, la electrónica y las propuestas más performáticas convivieron sin demasiados cruces, pero sí con momentos claros de conexión con el público. Fue un día marcado por nombres que, desde distintos lugares, lograron sostener audiencias grandes y atentas.
Marina fue una de las primeras en instalar un relato sólido. Su presentación se apoyó en una ejecución vocal muy potente, con control y consistencia en todo momento. No hubo quiebres en su interpretación, incluso en pasajes más exigentes mientras exhibía una sonrisa. El vínculo con el público fue inmediato. Se movió con naturalidad por el escenario, generando respuestas rápidas en cada intervención hablada. No fue un show distante; al contrario, buscó interacción constante, especialmente en los coros más reconocibles.
El set también funcionó como introducción a su nueva etapa con Princess of Power, un material que se integró sin fricción al repertorio. Las canciones nuevas no bajaron la energía, lo que habla de una recepción ya instalada entre sus seguidores.
Uno de los momentos más claros del show fue su mensaje hacia las diversidades. Sin extenderse demasiado, dejó en claro una postura que el público recogió con entusiasmo, reforzando una relación que ya venía construyéndose desde antes de su llegada al país.
Addison Rae, en cambio, apostó por un espectáculo más coreografiado y visual. Desde el inicio, el foco estuvo en lo performático, con un despliegue de bailarines que marcó el ritmo del show.
Su propuesta remite directamente a referentes del pop masivo como Britney Spears, tanto en la estructura del espectáculo como en el tipo de coreografías, que jugaron con lo sugerente sin ser explícitas. Es un guiño evidente que no intenta ocultar.
El repertorio estuvo cargado a éxitos recientes y de alta rotación en plataformas, lo que facilitó la respuesta del público más joven. No hubo grandes pausas ni cambios de ritmo; el show avanzó de forma continua. Más que una demostración vocal, lo de Rae funciona como un paquete completo de entretenimiento. En ese sentido, cumple con lo que propone, aunque sin desviarse demasiado de la fórmula.
Lewis Capaldi ofreció un contraste claro. Su presentación bajó la intensidad del festival, pero no la atención. Desde el inicio, dejó en claro que lo suyo iba por otro lado. El repaso por su carrera estuvo marcado por una interpretación cargada en lo emocional. Su voz, con imperfecciones incluidas, aportó una sensación de cercanía que fue bien recibida por el público.
En varios momentos, él mismo definió su música como “triste”, en un tono más bien honesto que humorístico. Esa declaración ordenó la experiencia del show y preparó a la audiencia para un set menos festivo.
Dentro del contexto del festival, su propuesta se sintió como una pausa necesaria frente al predominio del pop más luminoso que dominó otras jornadas.
Skrillex retomó la energía con un set que mezcló pasado y presente. La estructura fue dinámica, con cambios constantes y transiciones rápidas entre tracks. Hubo espacio para material más reciente, pero el énfasis estuvo en los momentos reconocibles. Cada drop conocido generó una reacción inmediata, especialmente cuando apareció Bangarang.
El show también tuvo varios momentos pensados para registro visual. Juegos de luces, subidas y bajadas de intensidad, y cortes precisos marcaron una experiencia que funcionó tanto en vivo como en pantalla. Más que innovar, Skrillex apostó por reafirmar su lugar dentro del circuito electrónico, con un set efectivo y sin mayores riesgos.
El cierre más performático vino de la mano de Chappell Roan, en su debut en Chile. Había expectativa previa, y eso se notó en la respuesta del público desde antes de que comenzara el show.
Su propuesta se apoyó fuertemente en la estética. Un escenario con múltiples plataformas permitió un movimiento constante, mientras que el vestuario marcó distintos momentos del set.
Partió con un traje de inspiración barroca, cargado en volumen y detalles, que luego fue mutando hacia una estética más cercana al burlesque. Ese cambio no fue solo visual, también acompañó la progresión del show.
La influencia del drag fue evidente en toda la presentación, no solo en lo visual, sino también en la actitud escénica. Fue un cierre distinto, más teatral, que terminó consolidando una jornada diversa en formas y discursos. Así se paseó por toda la escenografía, la pasarela y más, regalando también sonrisas y gestos a quienes se apretaban contra las rejas.
Este fue un cierre genial para esta edición de Lollapalooza Chile, una que prácticamente no tuvo grandes inconvenientes en su retorno al Parque O’Higgins, incluyendo una masa de casi 80.000 personas cada día. Claramente la salida siempre puede mejorar, pero esta vez no hubo el caos de esas versiones pre-pandemia. ¿Será, a nivel de organización, la mejor edición? Al menos la conversación queda instalada.



















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