El calor volvió para la segunda jornada de música en el Parque O’Higgins de la mano de Lollapalooza Chile. Para AgendaMusical la tarde comenzó con Yami Safdie, trasandina que volvió al festival después de dos años con su nueva gira «Yo Querida».
Entregando una mezcla de pop, balada e incluso cumbia, la artista hizo un repaso por sus grandes éxitos y también el disco lanzado el año pasado que da nombre a su tour. A pesar de la hora, acumuló a varios miles de personas que ya llegaban al parque de la comuna de Santiago, uno que ya estaba lleno de colores tanto por público como por las diferentes activaciones que se llevaban a cabo.
Ya en la madurez de su carrera, Safdie se vio menos tímida que en su último paso, con un escenario más complejo -que incluyó un sillón-cama, algo de moda en el pop- y una buena lectura del público. Un nombre interesante del pop de la otra cordillera, aunque decirle así a una música que incluso mete elementos del tango es quedarse corto.
Candelabro se repitió el plato en relación con Lollapalooza Chile del año pasado, pero ya no abriendo un escenario menor, sino que encabezando uno de los escenarios principales. Y el arrastre de la banda santiaguina se nota, aglomerando incluso más gente que Safdie en momentos donde el sol pegaba bastante fuerte y cuando su show todavía no terminaba. De hecho, coincidieron ambos proyectos sobre el escenario un par de minutos, pero ni se notó.
Miembros de la camada joven de ese rock experimental difícil de encasillar, ahora llegaban con su nuevo disco –Deseo, carne y voluntad (2025)- bastante fresco, uno que fue aclamado no solamente por sus seguidores, sino que por la crítica nacional e internacional. Es que tener una banda numerosa siempre es un riesgo, pero logran saltar cualquier problema con canciones que entregan espacio para que todos brillen. Y eso no es fácil de conseguir.
Así, con Matías Ávila y Javiera Donoso tomándose las voces, la banda se presentó con una intensidad bastante alta, algo necesario para lograr traspasar la misma emoción de sus canciones al ámbito en vivo. Ahí pasan por momentos que podrían sonar de rock tradicional y otros que los llevan casi al jazz fusión de BADBADNOTGOOD, ida y vuelta que mantiene cautivo al público constantemente.
En eso es fundamental lo de María Lobos y Nahuel Alavia, intérpretes de los bronces, cuyas participaciones daban un quiebre no convencional que resulta bastante llamativo, pero que mantiene esa conexión casi de tocata. No ajenos a la contingencia nacional, su presentación también fue testigo de gritos en contra del nuevo presidente, a quien también le dedicaron el cover de «Ultraderecha» de Los Prisioneros, incluyendo imágenes de José Antonio Kast, Javier Milei y Claudio Crespo, todos con esvásticas en su cabeza. El cierre con «Pecado» solo dejó a muchos pidiendo más, pero afortunadamente aquí se respetan los horarios.
El dúo reformado en banda completa Royel Otis seguían en el itinerario. Montándose sobre el Bando de Chile Stage, los australianos presentaron un rock alternativo al que le permitían transitar por un montón de partes. A veces se escuchaban cositas de Tame Impala, a veces era casi como Phoenix. Lo importante era mantener la potencia todo el show y lo lograron.
En medio se encontraron con cantos clásicos como el de «mijito rico» dirigido hacia sus dos miembros principales, dos que entregaron bastantes risas hacia el público. De fondo las pantallas solían dar señales de las temáticas de sus canciones, un pequeño apoyo para saber cómo enfrentar cada track, el que siguió exactamente el mismo orden de lo presentado el día anterior en su paso por Argentina.
La inclusión de covers como «Murder on the Dance Floor» de Sophie Ellix-Bextor -éxito revivido por la película Saltburn- y «Linger» de los Cranberries fue también otra señal de mostrar sus raíces musicales. Para las nuevas generaciones, canciones así son antiguas. Bueno, la de Ellis-Bextor ya tiene 25 años, así que es verdad. Un show sólido, entretenido, pero no deslumbrante.
Tras caminar algunos minuto y llegar al Alternative Stage, pudimos ver otro regreso a Chile: Judeline. La andaluza llegó rodeada de su equipo de baile, derrochando sensualidad en coreografías que muchas veces la ponían a ella en un papel protagónico frente al antagonismo de uno de sus bailarines.
Y es que la música de la española funciona en esa mecánica de opuestos, de exponer emociones que pueden ser internamente polarizantes quizá tomando parte de la tradición del flamenco y otras corrientes de su país. Es una épica que contrasta con su suave voz, pero entregando siempre espacios para la expresión corporal como una forma de darle más potencia al mensaje.
El momento emotivo estuvo con «zarcillos de plata», la única canción triste de su setlist según la propia artista, interpretando la canción sentada junto a su guitarrista. Luego, también en sus palabras, llegaba la parte más divertida del show con más movimiento y saltos, para terminar igual que como llegó: envuelta en sus compañeros, dejando el escenario sin antes reiterar una y otra vez lo mucho que le gusta Santiago.
El multicultural grupo Katseye fue otro de los que reunió a muchísima gente joven-adolescente en frente del Banco de Chile Stage. Con un -literal- par de minutos de retraso, la agrupación salió bajo los mismos códigos del k-pop: un video introductorio con imágenes de sus cinco integrantes para luego dar paso rápidamente a «Debut» donde pudimos ver una pequeña muestra de la voz de sus integrantes.
Eso sí, por temas de salud tuvieron que ser cinco las que se presentaron en Chile –Sophia, Daniela, Lara, Megan y Yoonchae-, quedando fuera Manon, pero sin hacer gran mella en la forma en la que el show se desarrolló. Ahí tuvimos espacios para las coreografías, las presentaciones y los comentarios turno a turno entre las cinco artistas.
Así repasaron rápidamente varios de sus éxitos como «Touch», «My Way», «Gabriela» o «M.I.A», abusando un poco de la técnica de pedir el «C-H-I» para motivar al público, pero en todo el resto bastante correctas. Y los mensajes políticos tampoco pararon, pero mucho más sutiles, como sosteniendo una bandera de las diversidades a los pocos minutos de subirse al escenario, el que justo empezó a generar sombra en el sector para salvar del calor.
De un girl group popero nos fuimos a un escenario que recibiría otro regreso a Lollapalooza Chile: Turnstile.
Originarios de Maryland y liderados por Brendan Yates, la banda llega en un momento diferente al de su anterior visita, con un disco bajo el brazo que llamó la atención por dejar de lado un poco el sonido más tradicional del hardcore para irse a un rock alternativo más amplio.
Esta diferencia era notoria, yendo en un vaivén entre este trabajo –Never Enough– y el anterior –Glow Up-, en especial en la reacción de la gente. Es decir, el inicio con la canción homónima de su último lanzamiento no tuvo comparación con la recepción que tuvieron canciones como «T.L.C. (TURNSTILE LOVE CONNECTION)», «ENDLESS», «HOLIDAY» o «BLACKOUT». Era en esos momentos donde el público se volvía loco, se abrían para dar espacio a mosh donde los empujones llegaban desde todos lados e incluso la aparición de bengalas.
De cualquier forma, fue ese ida y vuelta el que también llamó la atención de gente que quizá no los conocía o no los había visto en vivo, sumándolos a los momentos de caos como si fueran uno más. Esa capacidad de acercar el hardcore al público masivo -por mucho que ahora no lo tengan tan presente al momento de componer- debe ser uno de los puntos más fuertes de Turnstile.
Fue una hora que voló rápidamente, donde lograron mostrar tanto lo nuevo como lo clásico. Los norteamericanos nunca han defraudado en tierras nacionales, pero sí hemos visto sus diferentes facetas desde su debut 2022 donde la crudeza de su proopuesta era lo más llamativo. Un paso adelante en su carrera, pero que deja la interrogante de cómo será el próximo disco.



















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