Lollapalooza Chile 2022: Un retorno que cumplió las expectativas


El último fin de semana volvieron los grandes festivales a Chile con Lollapalooza, una de las instituciones nacionales en ese mercado, que además venía a celebrar sus diez ediciones en un recinto diferente al tradicional Parque O’Higgins.

Haciendo un repaso general por lo que fue la ubicación, quedaron varias cosas por considerar, por suerte nada que no tenga solución. Por una parte fue la entrada y salida, principalmente la última. Puede ser normal en festivales de otros lugares del mundo el recorrer grandes distancias (polvo incluido) para llegar a la salida, pero la comparación con el recinto de la comuna de Santiago era imposible de evadir. No eran menos de 15 minutos.

Junto a la salida existía el tema de trabajos en la vereda por la cual se llega al recinto, con cientos de personas caminando por la calle con el tráfico en contra. Se agradece que no hayan existido accidentes graves, pero sigue siendo algo a considerar al llevar a cabo un evento que reúne a miles de personas.

Dentro del Parque Bicentenario de Cerrillos también hubo algunos temas. La construcción de algunos stands durante la llegada de gente, la poca señalización, filas en los puntos de recarga cashless o el difícil acceso al agua fueron algunos de ellos. Este último se solucionó -en parte- gracias a repartir agua en sectores cercanos a las rejas de los escenarios, pero no deja de ser algo para reflexionar a futuro. En la misma línea, considerando el calor, también vendría bien algún sistema para lanzar agua al público que no sea con las mismas botellas.

También escuché más de alguna vez el siguiente comentario: El Perry’s Stage by VTR (que informalmente se conoce como el tercero en importancia) está demasiado alejado de los dos principales. Toma cerca de diez minutos moverse entre ambos, con shows que comienzan a la hora que termina otro y un terreno bastante disparejo para llegar.

Por el otro lado, el acceso a baños es muy rápido y con gran cantidad de cabinas. Desgraciadamente la producción no se puede hacer cargo del uso de ellas, pero en ningún momento noté largas filas u otros problemas. Lo mismo la venta ambulante. A pesar de ser solamente a través del medio cashless, hubo una gran cantidad y durante todo el festival.

Eso sí, lo más importante del festival es su música y aquí no decepcionó. Uno de los primeros en salir a escena fue The Alive, grupo de adolescentes que busca mantener con vida el vapuleado rock. Sonaron potentes sin importar su juventud, incluso dándose el gusto de hacer un cover de «The Pot» de Tool. Eso sí, no era su primera visita a este festival, presentándose en plena adolescencia en el escenario de Kidzapalooza. Un gran salto, con motivos de sobra. No es fácil ver jóvenes tan comprometidos con ese sonido, recogiendo no solo influencias de la banda de Maynard James Keenan, sino que de otros como Kyuss o Black Sabbath.

La juventud se mantendría en este comienzo. Tal como Flor de Rap apareció abriendo el festival, posteriormente fue el turno del primer chileno en el Perry’s Stage by VTR: Kidd Tetoon. Con una mezcla de trap y humor, mostró toda la evolución que ha tenido desde su aparición en videos virales. No se notan sus 17 años por cómo se mueve en el escenario, la forma que le habla al público o el modo en el que maneja los tiempos dentro de su espectáculo.

Partió bromeando, sumó invitados, envió saludos a los privados (de libertad), incluso presentó una canción nueva y terminó sin polera cantando “el que no salta es paco” con los miles presentes. Un buen espectáculo que solo mejorará de aquí en adelante.

Ya en el VTR Stage, The Wombats todavía estaba detrás del escenario. Un retraso de cerca de 20 minutos. No importó mucho, considerando que era una visita bastante esperada no solo por los fanáticos chilenos, sino que también por ellos mismos, según nos contó Tord Øverland-Knudsen antes de su llegada.

Recuerdan a ratos lo que también presenta Foals o The Hives por el histrionismo del mismo Øverland-Knudsen, energía que va muy bien con lo que presentan. El show también suma elementos humorísticos, como la aparición de corpóreos de wombats sobre el escenario. Uno de ellos, con trompeta roja, se robó la atención. Un setlist bien elegido y momentos memorables (nadie olvida un corpóreo así tan rápido), lo necesario para cumplir con creces el debut en Chile.

En el otro escenario –Banco de Chile Stage– ya estaba Marky Ramone y su banda. Es un show más que conocido en el país, es verdad, pero frente a un público mayoritariamente sub-23 la cosa cambia. Ya saben de memoria lo que tienen que hacer y la mejor forma en la que lo pueden hacer. Y cumplen.

Marky, presente en los últimos discos de los Ramones, maneja todo desde el fondo del escenario. Para qué mentir: el grupo se soporta en él y en la voz/apariencia de Pela. Pero funciona. Al final con canciones que ya son parte de la cultura popular, como “Sheena Is a Punk Rocker” o “Blitzkrieg Bop”, se terminaron ganando al público. Otro detalle: incluso considerando que es una banda punk, el show fue rapidísimo para combatir el atraso que venía desde los Wombats. Mucho oficio, cumplieron totalmente.

Una o dos canciones antes del término del último de los Ramones, la gente empezaba a caminar hacia el otro escenario. Ya estaba casi todo listo en el VTR Stage para recibir a Idles, otro debut en Chile. Y qué debut. «Colossus», «Car Crash» y «Mr. Motivator» fueron solo el comienzo de un show arrollador, tanto en lo auditivo como en lo visual. Uno de los guitarristas con vestido fue otro de los que se robó las miradas. Costaba enfocar los ojos solo en un punto.

Al centro, pero moviéndose por todos lados, uno de los principales motivos de esto: Joe Talbot. Un show en sí mismo. Para quien no lo conozca, su apariencia y comportamiento se puede resumir en una mezcla de Trevor Philips de GTA V y Mike Patton. La voz se mueve en espacios similares que el de Faith no More, a veces alcanzando notas claras y en otras solamente expulsando sonidos que, sorprendentemente, calzan completamente con lo que se escucha desde los otros instrumentos.

Los británicos demostraron algo: es posible reinventar el sonido que hace décadas generó el punk, ska, post-punk, hardcore y más. Lo toman y lo aplican, no lo copian, aprovechando también de incluir mensajes a favor de la diversidad y en contra del fascismo, posiciones políticas que no siempre son expuestas en el mundo de la música. Explosivos y sorpresivos, Idles pelea para llevarse el mejor show del día.

Terminaba y justo en el Perry’s Stage by VTR ya salía Trueno, uno de los nombres jóvenes que llegaron desde el otro lado de la cordillera. Conocido tanto por sus canciones como por su experiencia en el freestyle, no solo tuvo su preocupación con lo que presentaba, ya que también tuvo gestos con el público. En un momento detuvo su show mientras decía «primero la gente, siempre», gesto que se repitió varias veces durante el festival, en especial con artistas jóvenes.

Dentro de ese freestyle, el trasandino mostró uno hecho especialmente para Chile. Fueron menos de dos minutos, acompañado por una guitarra acústica, pero que se agradece bastante al tener algo especial y original que escuchar. El hombre detrás de «MAMICHULA» salió victorioso de este desafío. El guion es algo aprendido entre los artistas menores de 20, apelando a los orígenes y canciones que hablan de forma muy colorida de lo que viven día a día, esencia del hip hop gangster en el que se basa parte del género.

Jhay Cortez también sufrió del atraso de los escenarios principales, pero solo aumentó la expectativa. Conocido por canciones como “Cómo se siente” o “512”, el puertorriqueño no dejó fuera ningún single de los últimos años. Ninguno. Se fue directamente por aquello que la gente quería escuchar, conversando y presentando cada canción, también tirándole flores una y otra vez a Chile como uno de los países que siempre lo apoyó y que se encuentra entre los que más lo escuchan en las plataformas digitales.

¿Y cómo estuvo? Bastante bueno. No es fácil salir a cantar canciones conocidas por sus remix, rellenando los espacios de los otros artistas, algo que tiene muchas respuestas. Algunos apuestan por dejar la voz en la pista, otros por cortarla y cantarla ellos mismos u otros que dejan que el público ocupe ese lugar. Cortez hizo las tres, sin dejar muchos espacios sin voz. Por suerte llegó a uno de los escenarios principales, se veía preparado como para ser el plato principal. El cierre con “DAKITI” dejó con ganas de más, señal de haber visto una buena presentación.

De los Foo Fighters realmente no se pueden esperar muchas sorpresas, pero sí que muestren algo bien hecho. «Times Like This» y «The Pretender» ya mostraron para donde iba el asunto: lo clásico. Eso no solo se refiere a las canciones, entre las que después también apareció «Learn to Fly» o «My Hero», sino que a también hacer cada concierto único al alargar solos, improvisar, jugar con el público y más.

Considerando que el público objetivo está acostumbrado a la inmediatez, quizá a ratos las introducciones hicieron más lenta la presentación, pero algo menor considerando la experiencia de ver a una de las bandas de rock más grandes de las últimas décadas.

A pesar de tener cerca de media hora de retraso, Grohl aprovechó no solo de presentar a cada uno de sus miembros con un pequeño solo de sus instrumentos, sino que también de dar paso a la voz al baterista Taylor Hawking para cantar «Somebody to Love» de Queen. El truco es que algo planeado se vea como espontáneo.

Avisando que no habría encore, ya que le gusta tocar todo de corrido, contó su relación con Lollapalooza, la forma en la que abrió su mundo musical y mucho más. ¿Para qué? Como apertura para la entrada de Perry Farrell, fundador del festival, con quien interpretarían «Been Caught Stealing». Un lindo detalle que recordó a Lollapalooza 2013 con Eddie Vedder también invitándolo a tocar «Rockin’ in the Free World». Después de eso llegó el cierre: «Monkey Wrench» y «Everlong», quizá dos de sus cinco canciones más conocidas. 23:30 y se apagaron las luces. Se agradece que respetaran el tiempo y no cortaran canciones, pero algo de caos produjo en varias personas que confiaban en llegar al metro.

Pasando al sábado, la primera mitad del día contó con un flujo más lento de gente que la jornada anterior. Recién con Tai Verdes, norteamericano de meteórica fama gracias a su talento (y también a Tik Tok), la gente se empezó a reunir en un solo punto.

Luego de un show más que correcto de Verdes, llegó otro de los números de rock de esta edición de Lollapalooza Chile: Turnstile. Con poco más de 10 años sobre los escenarios, los norteamericanos presentan algo similar a lo de Idles: un sonido más que conocido, pero con un giro que lo hace propio del 2022. Ya no hay mucho que inventar en el post-hardcore, hacerlo bien es lo que hace la gran diferencia.

Justo a la hora salen y se dirigen directo a sus instrumentos. Y parte fuerte. Suenan como a Black Flag y Fugazi, pero más cercano a ser una banda igual a ellos y no una banda inspirada por ellos. La influencia también se notaba en la polera de los Buzzcocks de uno de sus guitarristas y en la energía de Brendan Yates que también tenía cosas de Iggy Pop. O sea, el rescate de lo mejor de muchos lugares para luego armarlo de otra forma. Sin crear nada nuevo, lo de los norteamericanos sigue los pasos de Idles: todavía se pueden hacer cosas con guitarras mientras se deje de pensar solo con nostalgia. Otro acierto.

Sobre Pablo Chill-e se debe decir algo importante: era para un escenario principal. Motivos hay de sobra. Debe haber sido el show que llevó más público después del de Miley Cyrus, quizá peleando con A$AP Rocky. Y no era gente que solo fuera por la curiosidad, la gran mayoría (realmente gran mayoría) conocía, cantaba y bailaba sus canciones.

A pesar de su mensaje de negacionismo ante la crisis de salud pública que hemos vivido desde el 2020, brilló con canciones como «Asueto» o «Singapur», enganchando rápido lo miles que llegaban y llegaban. Literal miles. Al igual que Tetoon, el artista que hace trap no llega con una sola voz a los escenarios. En este caso pudimos encontrar, entre otros, a uno de sus colaboradores favoritos: Polimá Westcoast. Ahí fue «My Blood» y «Cu4tro» las que agotaron las voces de quienes ya no solo cantaban, sino que gritaban.

Como ya dije antes, se repetía un patrón: pedir cuidado para las personas más cercanas a la reja, nuevamente deteniendo el show para que no ocurrieran accidentes. Ya en «JAGUAR» junto a Ithan aprovechó (sí, también) de saludar a los privados, en especial a algunos de sus cercanos como #FreeTame. Poquito después terminó de golpe con «SHISHIGANG», donde se vio a Pablo corriendo con un (falso) agente de la policía detrás. A esa misma policía (sí, de nuevo) le dedicó un «el que no salta es paco».

El punto freak de su show: una petición de matrimonio que incluyó una invitación al músico para ser el padrino.

Luego llegó la hora de A$AP Rocky, esperado tanto por su música como por la posibilidad de que Rihanna estuviera presente en Cerrillos. Lamentablemente no ocurrió, pero hasta carteles generó entre el público. Ya con «Grim Freestyle» y «A$AP Forever» marcó cómo sería la tónica del show: no solo espacio para su música, también para aquellos que lo han acompañado o hecho crecer en su carrera.

Poco se demoró en gritar «Chile» y ponerse la bandera en el cuello, elementos comunes y rápidos para capturar al público, pero la música siguió predominando. Además de lo propio, aparecieron covers de slowthai, A$AP Mob, Famous Dex y Playboi Carti, todos cercanos, además de enviar un mensaje al fallecido fundador del movimiento A$AP Yams. Eso sí, un reconocimiento a su tamagochi bling bling que colgaba de su cuello.

No fue un show que generara momentos de asombro y el escenario fue el genérico para quienes vienen desde el hip hop actual, pero respondió a lo que se esperaba. Cerca de 10 minutos antes de lo esperado, se fue mientras aparecían fuegos artificiales sobre el escenario, dando algo de luz y color al movimiento que se generaba hacia el otro escenario principal.

El motivo detrás de esta migración tenía un nombre: Miley Cyrus. Si bien esta es su tercera visita a Chile, la última vez tuvo lugar hace ocho años, haciendo que esta aparición tuviese sabor a debut. Y así fue.

La norteamericana podría haber apelado a lo emotivo, a la nostalgia o simplemente al humor gracias a su carisma, pero no quiso ir por lo fácil. Se plantó sobre el escenario sin mostrar grandes novedades, pero sí lo suficiente para dejar en claro quien es ahora. Un inicio con un guiño a los Pixies durante “We Can’t Stop” fue la primera muestra de esto.

Otro fue para Dolly Parton, fundadora de un estilo dentro de las show-woman norteamericanas de la que Cyrus también rescata muchas cosas, a quien rindió tributo con “Jolene”. De hecho, su relación va incluso desde los tiempos de Hannah Montana, en donde su sonido se apoyaba más en el country. Lo mismo ocurrió con Blondie o Cher, solo homenajes a sus figuras fundamentales.

Pero no transmite esa evolución solo a través del sonido, ya que su vestimenta también busca dejar en claro que no es la niña que saltó a la fama en Disney. Incluso sus movimientos reflejan esto, dejando atrás la inocencia para mostrar una sensualidad que comparte con otras contemporáneas del género. Esa mezcla la hizo funcionar como un puente perfecto, acompañando el crecimiento y madurez de más de una generación.

Al igual que Parton, Cyrus sabe cuándo brillar y cuándo dejar que el resto lo haga. Le dio espacio a sus coristas para que se lucieran (y lo hicieron), así como también convirtiendo al mismo público en protagonista al leer carteles, saludar, enviar mensajes y recibir regalos.

Se nota que tiene cerca de 20 años frente al público, siendo que ni siquiera ha llegado a los 30 de edad, en especial con el cierre que entregó: “Wrecking Ball” y “Party in the U.S.A”. A estas dos, de las más coreadas de todo el día, se unió un momento en donde se puso una máscara de caballo, una chaqueta y más. Buscaba gritos y saltos, lo consiguió con creces. Otro de los grandes números de esta edición de Lollapalooza Chile.

Y llegó el tercer día, con el nombre de Princesa Alba como uno de los shows más esperados en el Perry’s Stage by VTR. Fueron «pinky promise» y «mi culpa» las primeras en escucharse, con la cantante acompañada por una guitarrista y una baterista que la acompañaron en todo momento. Ese detalle de tener instrumentos en vivo y no solo bases grabadas se agradece mucho.

Notoriamente sorprendida por la convocatoria que había, también aprovechó de intercambiar palabras con el público, llegando a piropear los looks de las personas que estaban más cerca del pit y presentar una canción nueva, «diario de vida». En este último tema se muestra que es dueña de un pop que recoge elementos de la música urbana actual, pero también de la época dorada de las princesas del pop de los 90/2000 e incluso del k-pop.

Una vez terminado su show, muy pocos se movieron del lugar. Es más, el número fue creciendo minuto a minuto. El motivo: Marcianeke. Uno de los personajes más controvertidos de la escena musical hacía su aparición en Lollapalooza Chile frente a una de las mayores aglomeraciones de gente de todo el fin de semana, sumándose a los artistas chilenos que van en la categoría de «podría haber ido fácil en un escenario principal».

Repitiendo varias veces el clásico «Marcianeke» al comienzo de sus canciones, se hizo acompañar desde un comienzo con bailarines, bailarinas y pirotecnia. Sin poner en duda su sinceridad, también aprovechó de recordar sus origenes y de preocuparse por el público, llamando a que dieran pasos hacia atrás para evitar desmayos. Hablando en general y no solo de este show, sí, noté muchas menos personas con problemas en relación a la presión del público. Bien ahí por la gente.

Todo gira en torno al personaje de Marcianeke, a lo que dicen sus letras y su melodía, pero en términos de espectáculo fue algo plano. Se entiende que se quiera mostrar como alguien muy ruidoso y fuerte, comprensible, pero estar todo el rato al máximo hace que no se pueda apreciar bien. Se necesitaba un respiro, pero no hubo mucho, tomando en cuenta que también hubo invitados, bailarines y más. Y, sorpresa, también hubo saludo a los privados y canto de “el que no salta es paco”.

De todas formas, es solo reflejo de su realidad, la que tuvo una gran recepción en un festival en el que este año brilló el espíritu, diversidad y libertad de expresión.

Nicki Nicole aterrizó en el Banco de Chile Stage a media tarde, formando parte del contingente argentino que llegó a Lollapalooza Chile. Su nombre está dentro de los más llamativos de la escena debido a su gran mezcla de sonidos y a la importancia que le da a la música en vivo en la música urbana que presenta.

En este caso, al decir «música urbana» no me refiero solamente al trap, reggaetón o hip-hop, sino que a uno de los géneros más importantes dentro de Argentina: la cumbia. Desde todo eso saca sus melodías, letras y bailes, un pop que reúne muchos elementos clave de la música argentina digeridos para un público que ya traspasó fronteras.

Volviendo a lo mismo, con miedo de sonar majadero, se siguen repitiendo cosas con otros de su generación. En este caso se tradujo en subir al escenario a un fanático y una fanática para bailar, quienes terminaron sacándose selfies y conversando sobre el escenario. Sean solo dos personas, el impacto que provoca ese tipo de actos es el que termina estrechando los lazos con los artistas.

Después de un show que aprueba sin problemas, llegó el turno de una de las interrogantes de la jornada: Machine Gun Kelly. ¿Por qué interrogante? Es un artista de corte norteamericano, basado más en la estética y los mensajes por la prensa que por la música. Eso no hace que la música sea mala por sí sola, sino que solo la deja muchas veces en un segundo plano. Y aquí se notó.

El público no prendió mucho con su llegada al escenario. Si Miley Cyrus o Dave Grohl hablaron harto, es porque sabían que habría gente escuchándolos. Este no fue el caso. Hablaba casi para sí mismo, no tuvo ese juego de ida y vuelta con los presentes y, de forma super poco sutil, aprovechó de pasar el dato del lanzamiento de su disco. Esto último no está mal, es común, pero sonó a comercial de tele.

Dentro de esa misma «apariencia», el gringo se subió a la estructura a un costado de las mesas de audio y también sacó un pito de marihuana. Su sonido caminaba entre el pop y el punk-rock del tipo Green Day, pero sin el carisma de Billy Joel Armstrong.

Quiso poner el toque emocional dedicando una canción a su padre que falleció hace pocos años, pero luego todo volvió a la monotonía. Incluso cuando le pedía al público que cantara, este no respondía mucho. Cuando todavía no terminaba su espectáculo, ya empezaba el de Doja Cat en el Banco de Chile Stage. Así, todavía con él cantando, veía como la gran masa de gente abandonaba su escenario. Si bien la norteamericana era uno de los nombres más esperados de esta versión, el abandonar previamente fue responsabilidad del poco manejo del artista. Quizá funciona en públicos norteamericanos, pero en el chileno falló.

Volviendo a Doja Cat, desde su salida todo fue un caos. Vestida de blanco al igual que sus bailarinas, partió con “Rules” y “Juicy”, canciones que fueron marcando la tónica. Este show forma parte de la gira promocional de Planet Her, el disco que lanzó el año pasado y que no estuvo alejado de las polémicas al trabajar nuevamente con Dr. Luke, productor acusado de violación y abuso sexual, entre otros. Más allá de eso, aquella producción acumuló casi el 50% del show. Cuando en otras oportunidades son las canciones nuevas las que desentonan entre los clásicos que la gente quiere escuchar, aquí había festejos con todas.

No se aleja mucho a Cardi B, Nicky Minaj y otras artistas, quienes toman el hip hop, lo adaptan a su posición de poder y lo transmiten utilizando la sensualidad como una herramienta más de comunicación. Aunque a veces apoyada por autotune, su voz sí se diferencia de la del resto, también por la capacidad de poder bailar y tirarse al suelo al mismo tiempo que canta.

Fue un show entretenido, llamativo, que respondió a las expectativas y entregó casi todas las canciones que se esperaban, pero que también dejó con una sensación de “aquí faltó algo”. Quizá es la vara alta que ya dejaron varios otros shows en la historia de Lollapalooza.

Finalmente, para cerrar los tres días, volvió un headliner a Chile: The Strokes. A pesar de que Doja Cat terminó algunos minutos antes, para que salieran los norteamericanos igual hubo algunos minutos de retraso, lo suficiente para que la gente se reuniera para ver el cierre de esta décima versión.

Julian Casablancas, acompañado de una polera de DRI, inmediatamente nos presentó su voz lo-fi de acompañamiento a la música de uno de los últimos representantes activos del revival del garage rock neoyorkino, donde también encontramos a los Yeah Yeah Yeahs o The White Stripes. «Bad Decisions» fue lo primero, parte de su último disco del 2020. Fue un inicio algo tibio, pero se corrigió rápidamente con las tres que le siguieron: «You Only Live Once», «Under Control» y «Juicebox». Era la noche más fría de las tres, así que se necesitaba algo de movimiento.

Eso no iba a ser muy difícil de lograr con los músicos presentes. Albert Hammond Jr. y Nick Valensi, ambos guitarristas, siguen sonando igual de bien que hace diez años (o más), siendo parte fundamental del equilibrio que se logra entre el sonido que busca Casablancas con su voz y lo pulcro del resto.

Tal como vimos el 2017, sus conciertos no sobresalen por saltos o pirotecnia, pero sí por la forma en la que Casablancas saca su carisma. Prácticamente habla por todos los miembros, es su talk show, siempre en un tono distendido. Transmite un relajo que no intenta impresionar a nadie, sino que solo generar un buen clima.

Un muy bonito momento, de esos que quedarán para los recuentos, es cuando la banda improvisó un poco de música ocupando el culturalmente arraigado «olé, olé, olé, olé». Y de eso pasaron a «Hard to Explain», un carrusel de emociones que ya había ocupado más de una hora de show.

Mitad en serio y mitad en broma, Casablancas dijo que se despedían con la siguiente canción –«Take It or Leave It»– por un tema de horarios, pero que si gritaban lo suficiente podían salir de nuevo. Y pasó exactamente eso. Menos de dos minutos después aparecieron para tocar «Someday», probablemente uno de sus tres temas más conocidos. Muchas de las personas que ya salían del parque se dieron vuelta a escuchar esta canción, quizás una de las tres más conocidas de la banda.

Fue un muy buen cierre, sin alargues innecesarios ni saludos infinitos. No era una banda que estuviese totalmente orientada a su objetivo, más adolescente y cercana al pop, pero funcionó completamente. Mirando hacia atrás, son más de 20 años de carrera, en donde no hubo una gran evolución en lo que hacen, pero sí lo pulieron bastante. Si ellos volvieron como headliners, ya hay que imaginar lo que será el cartel 2023. Saber que el parque respondió a las expectativas también es un problema menos. Ahora no queda más que esperar.

Revisa aquí las fotos de Loreto Plaza del primer día de Lollapalooza y las del segundo día. Aquí abajo dejamos las del tercero:


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agendamusical

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